El camino a la victoria

Victoria 20 de Enero, Ixcán, Quiché, fui mi primer hogar al volver a Guatemala en 1993. Antes de llamarse así, el lugar se le conocía como Polígono La 14. Cuando volvimos “los refugiados”, su nombre cambió. Adoptó ese nombre que hace alegoría a la fecha en unos dos mil 500 refugiados (de los aproximadamente 45 mil que en las década de 1980 nos asilamos en México), cruzamos la frontera por La Mesilla, Huehuetenango. Este acto representó una victoria frente al exilio y la guerra interna que se inmortalizó en el nombre de nuestra nueva comunidad, en las recónditas selvas tropicales de Ixcán, Quiché.

Foto: Facebook: Victoria 20 de Enero
Foto: Facebook: Victoria 20 de Enero

Y es que el 20 de enero de 1993, cruzamos la frontera de regreso a nuestro país, tras 12 años de exilio. Dejamos los que hasta entonces habían sido nuestros hogares en las comunidades de refugiados en Quintana Roo, Campeche y Chiapas. En el caso nuestro (mi familia) partimos el 13 de enero, contra la voluntad del gobierno de Guatemala que siempre puso trabas para retrasar el retorno. Ese día, decidimos caminar y lo hicimos durante todo un día, para presionar a que se nos brindaran los medios para volver a nuestra tierra y se nos garantizaran nuestros derechos y nuestra integridad. A la mañana siguiente, tras pernoctar en el ejido de Miguel Hidalgo, decenas de autobuses llegaron por nosotros.

Durante todo el día y hasta entrada la noches (las 20 horas aproximadamente), llegamos a Palenque, Chiapas. Al día siguiente partimos a Comitán, siempre en Chiapas, donde tuvimos que esperar cinco días más antes de seguir nuestro camino. El último día en Comitán, le dijimos adiós a México, y tras andar por las nubes a través de la carretera que serpentean la sierra Los Cuchumatanes, el 20 de enero de 1993, pisamos tierra guatemalteca. Antes de partir de Kuchumatán, nuestra comunidad en Quintana Roo, dibujé un quetzal volando en un manta que amarré al bus que nos trajo. La caravana de buses alcanzaban los dos kilómetros, los cuales nosotros encabezábamos estando en el bus número dos.

A nuestra llegada a Huehuetenango, nos recibieron nuestros hermanos guatemaltecos. No pudimos seguir nuestro camino sino hasta dos días después, ya con documentos guatemaltecos. En la ciudad capital, igual nos demoramos otros dos días, y posteriormente, en Cobán, Alta verapaz, donde hicimos una de las últimas paradas, nos demoramos otros días, puesto que al no haber condiciones adecuadas para transitar hacia Ixcán, se nos negaba seguir.

Con la convicción como bandera, montamos camiones de carrocería y picops y partimos una mañana fría. La maquinaria iba literalmente abriendo la brecha por delante de los caminos que terminaba de aplanar el camino. Lo que no sabíamos era que nos restaban 28 horas de camino enfrentando cualquier obstáculo que implica abrirse camino por esos lugares olvidados.

Finalmente, el 27 de enero, llegamos a nuestro destino: Victoria 20 de Enero.

De mi primer casa en Guatemala, me despedí un año y medio después, porque recuperamos nuestras antiguas tierras en Santa María Tzejá, mi aldea que había abonado 14 años atrás con mi cordón umbilical, y a donde volvimos en mayo de 1995.

Hoy es el baile que alguna vez “bailé” hace 23 años.

¡Viva Victoria 20 de Enero!

Foto: Facebook: Victoria 20 de Enero
Foto: Facebook: Victoria 20 de Enero
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El dolor de ser desplazado y refugiado

Mientras Guatemala libra su propia batalla por sembrar en tierra fértil la semilla del cambio de conciencia social y la transformación del sistema político, en Medio Oriente miles de personas buscan en el éxodo una escapatoria al terror de una guerra inhumana.

Basta con ver las imágenes que nos llegan principalmente por Internet para comprender la dimensión del dolor que viven los desplazados en un intento por buscar refugio en los países europeos más próximos. No basta con verse expulsados de sus hogares y de su país, sino encima soportar los embates de la huida que ya ha acabado con la vida de miles y que al final del viacrucis toparse con el portazo de las fronteras.

No puedo imaginar todo el dolor que pasan, pero pienso en cuánto soportaron mis padres y hermanas mayores en la huida cuando, en febrero de 1981, la guerra civil nos alcanzó. No alcanzo a imaginar lo que mi madre tuvo que pasar para evitar mi muerte inminente.

A mi corta edad no recuerdo el dolor del desplazamiento, el miedo de la huida y el terror de estar sin hogar. Pero 12 años de exilio y refugio no son cosa de un borrón y cuenta nueva. Tengo conciencia plena de por lo menos 7 de esos 12 años y de los subsiguientes inmediatos al retorno a Guatemala. Porque el regreso tampoco estaba pintado de condiciones de vida digna. Hambruna, desprecios, re-adaptación y carencias básicas son una prolongación del calvario.

No digo que no haya nada positivo en esto. De hecho, mi madurez y conciencia social e individual provienen de ese pasado oscuro. De esa gana de resurgir y vencer la maldad.

La imagen del pequeño Aylan tendido boca abajo sobre la arena con las lenguas de la muerte besando su rostro me tiene el corazón estrujado. El mismo día que vi la imagen, mi esposa me envió una foto de la siesta de nuestro Matías. Me sentí impotente y hasta el mas diminuto ser de este universo. Yo sabía que después del trabajo podré cargarlo y hablarle mientras que del otro lado un padre que intentaba darles una mejor vida o aunque sea una distinta a la de la guerra se había quedado si el mayor tesoro.

Pienso en mi madre Olivia y no me alcanzan las palabras para agradecer su sacrificio por mantenerme a mis hermanas, hermanos que nacieron después y a mí, con vida. Por su puesto que papá Polín no tiene menos crédito en toda esta supervivencia.

En la década del 80, México nos acogió a más de 46 mil guatemaltecos desplazados por la guerra. De esa muestra humanitaria siempre estaré agradecido. Hoy me pregunté, ¿acaso como Guatemala no podríamos recibir refugiados?