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Aquel día llegué 30 minutos antes de la hora indicada en la invitación. Eran las 10 horas y en el cuarto nivel de uno de los edificios del Centro Gerencial Las Margaritas (zona 10 capitalina) no había señales de algún evento. Pregunté en la recepción de una de las empresas que tiene oficina en ese nivel y me dijeron desconocer de alguna conferencia de prensa.

Seguí por el pasillo. Las luces estaban apagadas. Todo estaba en silencio. El bullicio del tránsito apenas si penetraba los vidrios de las amplias ventanas. En el extremo del pasillo noté que había dos salones. Caigo en la cuenta que alguna vez estuve aquí en una conferencia de prensa, no recuerdo sobre qué.

Me comuniqué con mi editora.

__ Aquí no hay nada __ Le dije.

__ ¿Estás seguro que es allí?__ Me preguntó.

__ Podría confirmarme el lugar; está en el correo de la invitación__ Le respondí.

A veces pasa que por salir corriendo de la oficina, no te llevas las invitaciones o anotas mal un dato. Otras veces pasa que el día previo, cuando revisas tus posibles coberturas del día siguiente, estás aturdido después de ver la pantalla casi todo el día que no te das cuenta que el evento ya pasó o que la conferencia será dentro algunos días (me ha pasado un par de veces).

__ Centro Gerencial Las Margaritas, 4o. nivel. A las 10:30 horas__ Confirmó mi editora.

__ Pero aquí no hay movimiento. Puede que ya terminó. ¿Me regreso?__ Le consulto para evitar futuras llamadas de atención.

__ Espera un rato__ Me sugirió. __Convocaron a las 10:30 horas, puede que no han llegado aún.

Para mí no era la novedad del día. Una conferencia de prensa no es para novedades.

El CACIF (Comité Coordinador de Asociaciones Comerciales, Industriales y Financieras) y Fundesa (Fundación para el Desarrollo de Guatemala), auspiciada por empresarios “amigos” del país, lanzarían en media hora el Consejo Privado de Competitividad (CPC).

El CPC, integrado por seis representantes del sector empresarial y cinco representantes de las universidades del país como invitados, sería una especie de asesor del Gobierno en materia de una estrategia nacional de competitividad: cómo mejorar la productividad, atraer inversiones y lograr una mano de obra con competencias que requiere el mercado laboral.

Me puse a revisar las novedades en las redes sociales, mientras pasaban los 30 minutos. Tampoco había mucho.

Pasaron uno 15 minutos. Estaba parado en la puerta que da entre el pasillo de los ascensores y el que da hacia los salones. La alarma de uno de los cuatro elevadores anunciaba el arribo de pasajeros. Aparecieron dos chicas. Una llevaba con esfuerzo una caja. La sostenía a la altura de la cintura. Pasaron junto a mí. Me saludaron. Tomaron el pasillo hacia los salones.

Seguí jugando con el teléfono, mientras echaba un vistazo de reojo. Vi que acomodaban una mesa en la entrada de uno de los salones. La que llevaba la caja, comenzó a sacar de ella unas hojas y carpetas. Intuí que eran de la agencia de relaciones públicas que convocó a la conferencia.

La de la caja vino hacia donde me encontraba. Me volvió a saludar. Noté que iba a preguntarme algo, pero me le adelanté diciéndole que venía a la conferencia.

__ ¿De dónde nos visita?__ Me preguntó un poco azareada.

__ De Prensa Libre__ Le respondí casi pisándole sus palabras.

__ Mucho gusto__ Me dijo su nombre del cual no recuerdo ni una letra. __ Pase, en un momento comenzamos.

Unos minutos después comenzaron a llegar más personas. Algunas del mundo empresarial a quienes he visto en eventos públicos. Una de las señoritas los saludaba con una sonrisa poco natural. Otras tres chicas llegaron. Vienen vestidas de negro. Rostros maquillados, cabellos planchados y sonrisas no muy convincentes. Son de la misma agencia de relaciones públicas que harán de edecanes.

Acomodaban unos carteles que publicitan el próximo CPC. Me paré junto a una mesa grande que habían acomodado junto a la de registro de visitantes. Me había registrado y me dieron una carpeta. Mientras comienzan, voy a enviar por BBM un lead de mis propuestas de noticias.

En eso estaba. Lidiando con la teclados diminutos del BlackBerry.

__ ¿Sabe dónde está don Víctor?__ Una voz aguda y casi chillona me distrajo.

__ ¡No!__ Alcancé a decir sin alzar la vista.

__ Es que necesitamos ver cómo acomodamos la mesa__ La oí un poco afligida.

Levanté la mirada. Era una de las tres chicas que recién llegaron. Una niña delgada. Rubia de salón, aunque de piel dorado.

__ No sé donde está don Víctor__ Le dije cortante. Algo de cinismo debió notar en mi rostro que sin decir más dio la vuelta y se perdió entre los carteles publicitarios.

Seguí luchando con el BBM. Ahora el BB me advertía en su pantalla que no podía enviar mi mensaje, porque el servicio en ese momento no estaba disponible.

__ ¡Diablos!

Un par de camaradas llegaron. Me saludaron. Los invitaron a registrarse.

Seguí luchando con el teléfono.

__ ¡Don Víctor!__ Una voz que se asemejaba a la anterior hizo que desistiera del tercer intento de enviar el BBM.

__ ¿Perdón?

__ Es que queremos ver lo de la comida__ Me respondió. Era una chica no muy delgada. Su cabello alisado le caía puntiagudo hasta sus hombros. Me miró con su carita de niña boba.

__ No soy don Víctor, pero podría ayudarla__ Le dije sin enfadarme, aunque tratando de sacar lo más sarcástico de mi.

Como siempre les digo a mis amigos. Yo ya estoy curado de esto, pero no es para el caso.

No es que el trabajo de capitán de meseros sea de menor categoría que mi puesto de reportero-redactor. Todo y cualquier trabajo es digno. No se trata de eso.

Sucede que hoy traigo puesto mi saco de color negro. Camisa color hueso y corbata del mismo color que mi camisa con franjas negras en diagonal, y mis zapatos negros a medio lustrar.

Los meseros que atendían el evento también vienen con similar color. Proletarios como yo, compartimos ciertos rasgos como la mediana estatura, los rasgos aborígenes y el cabello rebelde apenas domado por el gel.

Yo me visto así porque es como lo quieren en mi trabajo. Formal. Presentable.

Solía usar mi cabello largo, vestir pantalón de lona y playeras, generalmente, negras. Nada del otro mundo. Pero ahora no puedo hacerlo.

Supongo que ahora, las chicas de rostros agudos, cuerpo de dieta y cabellos de salón, encuentran que el saco está en la sercha equivocada. Es decir, que si no eres el tipo canche, alto y con pisto en la bolsa, no eres digno de un saco, y si lo llevas, no pasas más allá de ser el proletario de siempre.

Tengo experiencias que confirman lo que digo.

Por ejemplo, el otro día fui a la Universidad Galileo, donde se celebraba un congreso sobre telecomunicaciones. Entrevisté a un técnico de la Superintendencia de Telecomunicaciones que me habló sobre los preparativos del país para incursionar en la era de la televisión digital… me habló sobre radiofrecuencias, espectro radioeléctrico y bandas…

Llamé a la Prensa para que llegara el piloto por mí, porque había concluido la cobertura del día. Llovía. Fui al parqueo y me paré debajo de uno de los toldos. Detrás de mi, habían algunos espacios de aparcamiento desocupados. Mientras llegaba el vehículo me puse a releer mis apuntes. Costaba trabajo desenredar los tecnicismo.

Un vehículo se estacionó en el lugar justo detrás de mí. El motor se mantuvo encendido un rato. Ese día también vestía mi saco negro.

Al cabo de un rato, una señora con los cachetes sonrojados se bajó del carro. Desde ahí me gritó.

__ ¿Puedo parquearme aquí?

Me volteé y sin perder la cordura le respondí __ Puede parquearse donde usted quiera. No es mío el parqueo, yo solo espero que vengan por mí.

No quise saber sobre su reacción y seguí con mis notas.

Así como esta, tengo casi media docena de experiencias.

No es que sea mal educado o que no pueda hacer un favor. No es que me sienta más importante que alguien más. Sucede que muchas veces se dirigen a uno velados de entrada por el prejuicio, los estereotipos y esa actitud discriminatoria.

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La discriminación racial, de acuerdo con la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial (1965), denota toda distinción, exclusión, restricción o preferencia con base en motivos de raza, color, linaje u origen nacional o étnico, que tenga por objeto o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio de los derechos humanos y de las libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural o pública. En Guatemala, el racismo se manifiesta a través de la discriminación racial de los indígenas (Halfon, citado por Casaús, 2010, p. 12). Esta exclusión tiene como base una serie de prejuicios que subestiman a las personas de otras culturas o de otros pueblos, y ocurre entre personas individuales y colectividades (Velásquez, citada por Casaús, 2010, p. 11). La discriminación racial también está asociada al trato desigual, diferenciado y sistemático que coloca al discriminado en una situación de desventaja económica, que no sólo restringe los ingresos económicos de las personas discriminadas sino que genera pérdidas para toda la sociedad (Romero, 2007, pp. 92-96).

Fuente: http://wikiguate.com.gt/wiki/Discriminaci%C3%B3n_racial

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