El camino a la victoria

Victoria 20 de Enero, Ixcán, Quiché, fui mi primer hogar al volver a Guatemala en 1993. Antes de llamarse así, el lugar se le conocía como Polígono La 14. Cuando volvimos “los refugiados”, su nombre cambió. Adoptó ese nombre que hace alegoría a la fecha en unos dos mil 500 refugiados (de los aproximadamente 45 mil que en las década de 1980 nos asilamos en México), cruzamos la frontera por La Mesilla, Huehuetenango. Este acto representó una victoria frente al exilio y la guerra interna que se inmortalizó en el nombre de nuestra nueva comunidad, en las recónditas selvas tropicales de Ixcán, Quiché.

Foto: Facebook: Victoria 20 de Enero
Foto: Facebook: Victoria 20 de Enero

Y es que el 20 de enero de 1993, cruzamos la frontera de regreso a nuestro país, tras 12 años de exilio. Dejamos los que hasta entonces habían sido nuestros hogares en las comunidades de refugiados en Quintana Roo, Campeche y Chiapas. En el caso nuestro (mi familia) partimos el 13 de enero, contra la voluntad del gobierno de Guatemala que siempre puso trabas para retrasar el retorno. Ese día, decidimos caminar y lo hicimos durante todo un día, para presionar a que se nos brindaran los medios para volver a nuestra tierra y se nos garantizaran nuestros derechos y nuestra integridad. A la mañana siguiente, tras pernoctar en el ejido de Miguel Hidalgo, decenas de autobuses llegaron por nosotros.

Durante todo el día y hasta entrada la noches (las 20 horas aproximadamente), llegamos a Palenque, Chiapas. Al día siguiente partimos a Comitán, siempre en Chiapas, donde tuvimos que esperar cinco días más antes de seguir nuestro camino. El último día en Comitán, le dijimos adiós a México, y tras andar por las nubes a través de la carretera que serpentean la sierra Los Cuchumatanes, el 20 de enero de 1993, pisamos tierra guatemalteca. Antes de partir de Kuchumatán, nuestra comunidad en Quintana Roo, dibujé un quetzal volando en un manta que amarré al bus que nos trajo. La caravana de buses alcanzaban los dos kilómetros, los cuales nosotros encabezábamos estando en el bus número dos.

A nuestra llegada a Huehuetenango, nos recibieron nuestros hermanos guatemaltecos. No pudimos seguir nuestro camino sino hasta dos días después, ya con documentos guatemaltecos. En la ciudad capital, igual nos demoramos otros dos días, y posteriormente, en Cobán, Alta verapaz, donde hicimos una de las últimas paradas, nos demoramos otros días, puesto que al no haber condiciones adecuadas para transitar hacia Ixcán, se nos negaba seguir.

Con la convicción como bandera, montamos camiones de carrocería y picops y partimos una mañana fría. La maquinaria iba literalmente abriendo la brecha por delante de los caminos que terminaba de aplanar el camino. Lo que no sabíamos era que nos restaban 28 horas de camino enfrentando cualquier obstáculo que implica abrirse camino por esos lugares olvidados.

Finalmente, el 27 de enero, llegamos a nuestro destino: Victoria 20 de Enero.

De mi primer casa en Guatemala, me despedí un año y medio después, porque recuperamos nuestras antiguas tierras en Santa María Tzejá, mi aldea que había abonado 14 años atrás con mi cordón umbilical, y a donde volvimos en mayo de 1995.

Hoy es el baile que alguna vez “bailé” hace 23 años.

¡Viva Victoria 20 de Enero!

Foto: Facebook: Victoria 20 de Enero
Foto: Facebook: Victoria 20 de Enero
Anuncios

Visita fugaz a casa

rotulo-bienvenida
Foto: http://santamariatzeja.wordpress.com/

Mi lar

es un punto inexorable

en el mar de clorofila tropical;

no se presta a maldades:

Todos los caminos de mi pueblo

conducen hacia él;

pero ninguno es escapatoria.

a7c0d53e-a881-4ded-bcc3-de0a1faa6cd8-min
Foto: Agustín Ortiz

Volvimos a Guatemala arrastrando 12 años de exilio y refugio en México. Regresamos casi resignados a la idea de haberla perdido para siempre. El día que la vi por primera vez, el día que la conocí, supe que papá y mamá no me lo habían pintado. Era tal cual la imaginaba desde siempre. Vasta y profunda. Inexorable en el mar de clorofila.

Ese día, llegamos con papá Polín en plan de casi clandestinos. Aún no teníamos claro cuál iba a ser la reacción de las personas que se quedaron en el país y vivieron la otra cara del conflicto si llegaran a vernos, por lo que preferimos tomar nuestras precauciones.

Los únicos en quienes confiábamos para entonces eran mi tío Alejandro y su familia. A ellos, los capturó el Ejército, mientras huíamos en la selva, unos después de la incursión aquel 13 de febrero de 1982.

La gente que vivió el arraigo bajo el dominio del Ejército y su política de seguridad y control, tuvo que adaptarse para sobrevivir. Con el tiempo, muchos adoptaron la doctrina militar luego ser sometidos a las ex Patrullas de Autodefensa Civil (PAC) y prestar servicio militar; cambiaron su forma de vernos a los que nos exiliamos en México. Incluso nos veían como los traidores.

La guerra aún no había cesado. Era frecuente oír los combates en la lejanía de la selva. En el área aún estaban activos varios destacamentos del Ejército. En nuestro trayecto temíamos que hubiera un retén militar. Eran muy frecuentes. Por el lado de la guerrilla, en ocasiones detenían los vehículos y compraban mercadería adquirida por las personas en la cabecera municipal; luego desaparecían en un cerrar de ojos entre los matorrales.

Para 1993, pocas aldeas se conectaban por medio de una carretera con la cabecera municipal. Las pocas conexiones eran de terracería a base de balastro (piedra de río) y eran solo transitables en picops doble tracción o camiones de carga.

Así que para llegar, tuvimos que caminar poco más de una hora desde la última aldea a donde llegaba la carretera. Calculo que serán unos 12 kilómetros de camino. En algún tiempo, maquinaria de alguna compañía abrió una brecha que cada vez se iba cerrando.

Desde la última aldea, que se llama San José La 20, la gente llevaba cargas y mercaderías en caballos, mulas o machos, únicos expertos para sortear el lodo.

A mis 13 años, el mejor par de zapatos que había conocido hasta entonces eran unos tarugos de hule. En México y un buen tiempo después de que volvimos a Guatemala, estos calzados hicieron de mis pies unos todoterrenos.

Papá Polín caminaba de prisa y yo siempre intentaba marcarle el paso. Casi no hablamos como lo hacíamos normalmente en nuestras caminatas.

Si bien, ya conocía la selva en México, la que se abría frente a nuestros pasos era totalmente distinta. Cantos de pájaros, chasquidos de chiriviscos resquebrajándose bajo los pasos de alguna lagartija en pleno escape… todo era nuevo para mis oídos y mis ojos. Estaba perplejo, pero el compás de papá me decía que ya habrá tiempo para contemplar con detenimiento.

Llegamos a un claro, que se extendía en la lejanía sobre arbustos y árboles frutales más pequeños. Era la señal. Por fin conocía a la de las historias de papá y mamá. La de las conversaciones nocturnas después de cena alrededor de fogón.

Foto: http://santamariatzeja.wordpress.com/

Su nombre proviene de la unión de dos términos: uno en castellano, Santa María, en alusión al Día de la Cruz, que se celebra el 3 de mayo, y otro de un vocablo k’iche’ castellanizado que es Tz’ija’ (literalmente “perro de agua”), que se traduce como nutrias, lo cual sería Santa María de las Nutrias.

Hacia 1970, la aldea fue fundada por un grupo de campesinos del altiplano quichelense de la mano del cura español padre Luis Gurriarán. En el lugar abundaban las nutrias en el río llamado Tzejá, que nace en las entrañas de las selvas.

Seguimos caminando y conforme avanzamos oía más cercanos el canto de los gallos. Calles-caminos se abre a los lados cada cierta distancia. Tomamos una de las veredas que siguen el curso de lo que en un plano original sería una amplia calle. Cruzamos en un puente de hamaca un pequeño río. Más tarde supe que se llamaba Yarcón.

Llegamos a un área despejada. La vieja iglesia de paredes de tabla y techos de lámina de cinc; la tienda de la cooperativa, un viejo salón sin paredes y varias casas en sus alrededores eran indicio de que llegamos al centro de la aldea. No había nada más que la tienda y el espacio que brinda el salón sin paredes, donde por la tarde, después de un día de trabajo en el campo, hombres, niños, mujeres y ancianos se reúnen para ver largos juegos de canicas y trompos.

Entre las escasas casas que estaban en el Centro, destaca la de la familia Botón, donde operaba un molino de nixtamal, la de la familia Cux, que si no mal recuerdo, tenía una tienda, y la de mi tío Alejandro.

Llegamos. Ellos nos esperaban. Todo parecía una fiesta. Como si de tratara del recibimiento de una comitiva. Grandes muñecos de tortillas se apilaban en un canasto. No conozco aún quien es quien, lo único que sé que son mis primas y primos que terminan de preparar los gallos que serán nuestro almuerzo-cena.

Nos presentamos, platicamos, lloramos, reímos. Preguntas, exclamaciones, asombros, complicidades. Por momentos todos queríamos hablar al mismo tiempo. Había mucho que decir y escuchar. Fueron 12 años de ausencia, de incertidumbres, de silencios.

Casi al anochecer mi tío nos llevó “al lote”. “Nuestro lote” es el número 24 y su ubica justo en la entrada a la aldea. El olor a nance y azafrán invadía el lugar. Había árboles de guapinol, cacao, naranjas, limas, limones, guanábana, pomarrosa y guayabas.

Tras el control del Ejército sobre la población, muchas familias ajenas a la aldea fueron traídas para habitar las tierras abandonadas por lo que huimos. Nuestro lote fue acaparado por uno de los primos de papá. Para bien, más que para mal, no hizo nada más que acapararlo. Los naranjales plantados hace doce años seguían en pie y bien cargados. La plantación de café seguía produciendo. Pero por ahora era “no-nuestro” y nos dio nostalgia solo verlo.

Papá Polín me hizo un mapa de los movimientos previo y durante la incursión del Ejército. De la ubicación de nuestra casa que luego fue quemada, de dónde salvó a su caballo blanco mientras sentía el calor de las balas pasarle sobre la cabeza.

Entrada la noche, una fuerte lluvia empapó el lugar. La noche se más oscura, pero adentro, el fuego le daba vida al fogón. _”Recuerdo lo que me escribiste en tu carta: ‘tío, algún día tendremos la oportunidad de conocernos’, y hoy llegó este día”. Mi tío irrumpió en la plática de ese momento. _”Ya ves, siempre hay que tener fe y esperanzas”, agregó.

No recuerdo con exactitud ahora, pero creo que cursaba tercero primaria, cuando recibimos la visita de la antropóloga chilena Beatriz Manz en Kuchumatán Quintana Roo. Escribí una carta a mano a nombre de mi familia para mi tío Alejandro. Para entonces, ya sabíamos que había sobrevivido a la captura y posterior tortura por parte del Ejército durante seis meses que fueron detenidos en la base militar. Él era catequista y lo fue hasta el día que murió en 2004. De esa carta hablaba mi tío. Donde le expresé en mi esperanza de niño que un día nos reencontraríamos. Ese día había llegado.

Esa noche no dormimos. Platicamos de la huía el día que legó el Ejército, los embates de una vida a la intemperie durante año y medio y del exilio. Hablamos de todo un poco. Pasada la media noche, comenzamos a pensar en el regreso. Cerca de la casa, un grupo de evangélicos cantaba y alababa desde el anochecer. El volumen de su ruido no nos distrajo. En cambio, si estábamos atentos de cuándo se callarían. Habíamos optado por seguir a los predicadores, que generalmente vienen de la cabecera municipal u otros lugares, para seguirlos a su partida hasta San José La 20.

Concentrados en nuestra plática no nos preocupamos por ver el reloj. Nuestra señal de salida era cuando se callaran los evangélicos. Y así fue. Sería la una de la madrugada cuando lo hicieron. Con una linterna de batería en mano partimos luego de los abrazos.

Centro SMT
Foto: http://www.flickr.com/photos/gregcanil/

No teníamos noción del tiempo. Pensar en la hora era lo de menos para nosotros en ese momento. La lluvia había cesado pero su paso no fue en vano. El camino se tornó fangoso. Con una linterna era difícil abrirse camino en la oscuridad. Los evangélicos, acostumbrados más que nosotros a esos caminos, caminaban rápido. Fue difícil darles alcance. Mis pies se hundían y el lodo por ratos me llegaba casi a la rodilla. Mis tarugos no eran tan “todoterreno”. Tuve que sacarlos con la mano varias veces del lodo.

Papá Polín iba más delante de mí. Comenzó a impacientarse al no poder darle alcance a los evangélicos. Fue en ese momento que tuve miedo. Pensé que nunca saldría de atascadero. Que algún grupo de soldados podría aparecerse en cualquier momento. Me puse a llorar. Papá me tranquilizó. Optó por no seguir a los evangélicos. Comenzamos a caminar a nuestro ritmo.

Nos dimos cuenta de nuestro error: no fijarnos en la hora. Por fin, llegamos en las inmediaciones de San José La 20. No había cantos de gallos, que son la señal del amanecer. La oscuridad era espesa. Faltaba mucho para el amanecer.

Llegamos a un arroyo. Papá acostumbraba llevar consigo un poco de azúcar y un vaso. Tomó agua del arroyo, le echó azúcar y me dio a beber. Me dijo que nos quedáramos ahí hasta que amaneciera. Que esperáramos el canto de los gallos. Nos recostamos en la arena. Papá apagó la linterna. La oscuridad nos cubrió. No lograba distinguir nada. Casi podía oír nuestros corazones latir. Me quedé dormido, hasta que papá me despertó. Un perro ladra en la lejanía: “Es hora de irnos”.

Salimos al camino, estábamos a un kilómetro del punto donde se toma el carro. El alba comenzaba a pintar la silueta de la vegetación. Los gallos cataban. Un motor de nixtamal rompía el silencio.

Cuando llegamos al punto, mucha gente esperaba el vehículo. Ahí estaban los evangélicos, con sus guitarras a la espalda. Se habían cambiado las botas de hule por mocasines y llevaban ropa limpia. Nosotros parecíamos dos espantapájaros.

Hacia el medio día estábamos de vuelta en Victoria 20 de Enero, la primera comunidad de retornados en Ixcán, donde comenzábamos nuestra vida en Guatemala desde el 30 de enero de 1993. De la experiencia del viaje de vuelta no quise hablar en casa. Me quedé con la impresión de por fin conocer la tierra que me vio nacer y la sensación que brinda los nuevos colores, los nuevos aromas y los nuevos sabores.

Revivieron las esperanzas que en un tiempo parecían desvanecerse. En mayo de 1994, menos de un año después de la primera visita, recuperamos nuestra tierra. Antes de eso, viajé un par de veces más con papá para las reuniones preparativas para el retorno del resto de parcelistas que aún vivían en México.

El caso de los parcelistas de Santa María Tzejá es el único de antiguos propietarios retornados de México que recuperaron sus tierras ocupadas por otras personas traídas por el ejército en el marco de la política de control militar sobre la población.

Mediante un proceso de negociación a partir de la capacidad organizativa, se logró que el Gobierno valuara el trabajo de los ocupantes y les indeminizara a cambio de dejar las tierras a sus dueños originarios. No hubo otro caso como este. Hubo dos o más intentos en Ixcán de este tipo, pero fracasaron.

Aunque con los años, muchas cosas han cambiado, Santa María Tzejá sigue ahí vasta y profunda. Inexorable en el mar de clorofila. ¡Cuánto amo esta tierra!

*Publicado en la edición No. 15 de revista ContraPoder-agosto de 2013.

20 años de caminar…

Yo niño 1

Un día como ayer, 13 de enero, hace 20 años comenzamos el camino.

Aquel miércoles amaneció soleado, pero no era un día común. Todos en casa nos despertamos temprano. La panadería no abrió. No había pan que vender hoy.

Amanecimos vestidos. Pronto la casa se llenó de ruido y ajetreo. Mi madre y mis hermanas prepararon desayuno y comimos de prisa.

Había llegado el día. La hora. El momento. El día que ya se había postergado por más de dos ocasiones.

Desde ayer estaba casi todo listo. Todo estaba hablado. Sabíamos lo que teníamos que hacer. Desde hace dos años que estamos en esto.

Mi madre había hecho porciones de comida para cada uno. También preparó agua. Nadie sabía cuánto duraría aquello. Pero todo estaba decidido. No hay marcha atrás era la consigna.

En una esquina de la casa estaban amontonadas una gran parte de nuestras cosas. El patrimonio que habíamos hecho en los últimos 12 años: cobijas, ropa, utensilios del hogar, herramientas de trabajo. Lo más básico. La mayoría de nuestras cosas estaban vendidas o regaladas. Las habíamos juntado en costales.

Ayudaba a mi padre a terminar de guardar lo último y a taparlos con nylon. Mi madre, mis dos hermanos menores, y mis dos hermanas mayores, se adelantaron.

Mi padre me dijo que debíamos partir. Antes de salir, regresé a la cocina. Salí al patio. Eché un vistazo al largo patio en cuyo centro sobresalía el árbol que vi crecer y que durante muchos años fue el nido de loros, guacamayas y una chacha laca que tuvimos.

Atrás del árbol, nuestro horno. El mismo que junto a papá construimos con adobe de tierra blanca. Donde horneábamos los mejores panes del pueblo. Nuestro medio de ingresos.

De nuevo, me vi en el patio pedalear mi bicicleta “hero”. En otro rato, corriendo detrás de la pelota azul que me trajo mi hermana Ana de Cancún.

Se me dibujó el día que llegamos a ese lugar. Un camino rústico nos condujo en medio de la selva.

__¡Apúrate! El llamado de mi padre me hizo volver.

Cuando estaba por cerrar la puerta de la cerca, llegó corriendo Jeremías, vecino de mi misma edad y compañero de la escuela.

__¡Véndame un pan! Los niños solían llegar a la casa por un pan cuando conseguían una moneda de 100 pesos.

__Ya no vendemos pan. Ya no venderemos pan. Le dije anticipándome a mi padre. Jeremías no habría comprendido del todo que no dijo nada. Se nos quedó viendo con los ojos redondo.

__Nos vamos de Kuchumatán. Nos vamos a Guatemala. Le dije. __Hoy nos vamos a Guatemala y ya no viviremos más en México. ¡Adiós!

Mi padre cerró la puerta. Jeremías salió corriendo hacia su casa. Caminé detrás de papá pensando en él. También pensaba en mis amigos de la primaria. Aquellos con los que crecí jugando en las calles y con lo que más de alguna vez tuvimos peleas de niños.

El sol comenzaba a calentar. Serían como a las 9 horas o poco más. Caminaba detrás de mi padre.

Atrás de mí, comenzaba a quedarse el pueblo con sus calles principales en forma de ocho de tierra blanca compacta y de casas chaparras de paredes de tabla y techos de láminas de cartón.

__¡Órale Agustín! Había visto venir delante nuestro a Nazario “Chayo”. Mi amigo de infancia desde que lo conocí.

__¡Órale Chayo! Por primera vez se me hizo un nudo en la garganta. No recuerdo con qué palabras me despedí. Era mi mejor amigo. En quinto grado me enseñó a dibujar a los superhéroes a escala. Siempre tuvo mayor habilidad para dibujar.

Seguí caminando sin poder volver la vista hacia atrás. No pude ver mi mejor amigo alejarse. Habíamos tomado el último tramo del camino que nos sacaba de nuestra comunidad hasta la carretera principal. Caminaba y sentía el aire pesado.

En los últimos años, habíamos hablado constantemente en familia sobre “el retorno”. A mis 12 años, de alguna forma, había influido determinantemente en la decisión: volver a Guatemala.

De Guatemala, no conocía más allá de lo que mis padres nos contaban en las noches alrededor de la mesa, después de la cena o cuando nos juntábamos alrededor de fogón a platicar.

Nací en el parcelamiento Santa María Tzejá, Ixcán, Quiché. En ese entonces era jurisdicción de San Miguel Uspantán. Cuando la guerra interna nos alcanzó en 1982, mi familia huyó hacia la selva y tras un largo tiempo, logró cruzar hacia México.

Mi primer año de vida lo cumplí en la selva. Sobreviví de la desnutrición y otras tantas enfermedades. De eso no recuerdo nada, pero mi madre me lo contó. Ya en los campamentos de refugiados en Chiapas, fuimos reubicados hacia Quintana Roo.

Todo lo que había oído de mis padres sobre Guatemala y, particularmente, sobre Santa María Tzejá, hizo que creciera conmigo una conexión con esta tierra, que alimentaba mi deseo de volver para conocerla.

Las negociaciones para un retorno masivo a Guatemala de los refugiados en México llevaban varios años, encabezado por las Comisiones Permanentes (CCPP). En dos o tres ocasiones se pospuso la fecha de partida, tanto porque el Gobierno de Guatemala no garantizaba la seguridad de los refugiados al regresar como porque no quería aceptar el plan de retorno, que consistía en tomar la ruta Panamericana, en lugar de cruzar la frontera por Petén en uno o dos días.

En los últimos dos años, me involucré activamente en jornadas de capacitación. A mis once años recibía capacitaciones junto a personas adultas sobre Comunicación Masiva, Comunicación Popular, Comunicación Alternativa, Derechos Humanos, y hasta aprendía serigrafía.

Me sabía de memoria las canciones populares de lucha y nuestras consignas, pero el lema central rezaba “luchamos para retorna, retornamos para luchar.

La noche antes de partir, pinté un quetzal volando sobre una manta blanca que el coordinador de nuestro grupo de retorno me dio.

Se había acordado que esa noche, llegarían los autobuses a traernos a Kuchumatán. Pero no fue así. La genta interpretó eso como una medida dilatoria más y se optó por caminar.

Así, el 13 de enero de 1993, comenzó la marcha.

Caminaba siguiendo a mi padre. Casi no platicamos en el camino. Sentía el aire ensanchado en mi pecho. En parte porque dejaba atrás lo que era hasta entonces mi vida. Por otro lado, sentía una emoción casi indescriptible por lo nuevo que venía.

La genta había tomado la decisión. Si el Gobierno no garantiza el retorno, lo haremos caminando, y todo lo que pueda sucedernos era su responsabilidad. La prensa internacional seguía el acontecimiento. El retorno estaba siendo acompañado por la ONU. La decisión estaba tomada.

Caminamos un día completo. Con mi padre nos juntamos con el resto de la familia en el lugar donde llegó la caminata. La gente acordó pernoctar en el ejido Miguel Hidalgo. Todos en grupos pequeños como se había organizado tiempo atrás.

Hubo fogatas. Llegaron alimentos de los ejidos mexicanos y  de refugiados que optaron por quedarse en los campamentos.

Pasada la media noche, comenzó el bullicio de los motores. Decenas de buses pulman comenzaron a llegar y a estacionarse en el campo de futbol. Comenzaba a amanecer el 14 de enero, cuando abordamos los buses. Nos tocó el autobús número 2. Encabezaríamos la caravana.

En uno de los costados del bus, amarré mi manta. Me dieron un megáfono y entonces, grité nuestra consigna una y otra vez.

La presión había surtido efecto. El Gobierno no quiso correr el riesgo. Era solo el comienzo del viaje.

Entre nuestro campamento Kuchumatán, Maya Balam, San José Los Lirios y San Pablo La Laguna, en Quintana Roo, y los otros asentados en Campeche y Chiapas, que se unirían en el camino, en el conocido “Primer retorno masivo de refugiados”, volvimos a Guatemala 2 mil 500 personas (unos 45 mil refugiados para entonces).

El 20 de enero de 1993 cruzamos la frontera en la Mesilla, Huehuetenango. Llegamos a nuestro destino, el Polígono 14, ahora Victoria 20 de Enero, el 28 de enero del mismo año.

Pienso ahora, y no puedo creer que ya llevamos 20 años en este caminar. Las cosas no han sido fáciles, sobre todo, para mis padres y mis hermanos y hermanas. No es fácil volver al país dominado por grupos que te sacan corriendo bajo fuego y cuando decides volver, no recibes como resarcimiento, por lo menos, condiciones básicas para tener una vida digna.

Amo tanto a esta tierra, que duele ver que en 20 años hemos avanzado poco. Pero no porque nosotros no queramos.

En 20 años de caminar, renuevo mi voto por Guatemala. Por esa Guatemala que me vio nacer. La Guatemala que encontramos con los brazos abiertos y más de un pan en la mano extendida a lo largo de kilómetros y kilómetros que duró la caravana.

No debo olvidarme de los mexicanos que también nos extendieron la mano, aquel país que no se negó en recibir a mis hermanas y sus familias, que al no encontrar condiciones dignas de vivir, tuvieron que volver a buscar una vida a México.

“¡Luchamos para retornar, retornamos para luchar!”.

Tin navidad 1993