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Mi lar

es un punto inexorable

en el mar de clorofila tropical;

no se presta a maldades:

Todos los caminos de mi pueblo

conducen hacia él;

pero ninguno es escapatoria.

No recuerdo la fecha exacta, pero fue hacia finales de 1993 cuando la conocí. Vasta y profunda. Inexorable en el mar de clorofila. Un punto dentro del accidentado valle que en tiempos inmemoriales era el territorio que marcaba uno de los dos estilos de vida del Pueblo Maya-ixil.

Hacía pocos meses que volvimos a Guatemala arrastrando 12 años de exilio y refugio en México. Volvimos casi resignados a la idea de haberla perdido para siempre.

Me vio nacer un 5 de mayo y a los nueve meses de edad me arrebataron de sus brazos. Antes del exilio amamanté un amor profundo hacia ella. Durante los años de destierro, cultivé junto a mi familia ese gran amor por ella.

El día que la vi por primera vez; el día que la conocí, supe que papá y mamá no me lo habían pintado. Era tal cual la imaginaba desde siempre.

Ese día, llegamos con mi papá en plan de casi clandestinos. Aún no teníamos claro cuál iba a ser la reacción de las personas que se quedaron en el país y vivieron la otra cara del conflicto si llegaran a vernos, por lo que preferimos tomar nuestras precauciones.

Los únicos en quienes confiábamos para entonces eran mi tío Alejandro y su familia. A ellos, los capturó el Ejército, mientras huíamos en la selva, unos después de la incursión aquel 13 de febrero de 1982.

La gente que vivió el arraigo bajo el dominio del Ejército y su política de seguridad y control, tuvo que adaptarse para sobrevivir. Con el tiempo, muchos adoptaron la doctrina militar, eso fue el caso de los primos de mi papá, que luego ser sometidos a las ex Patrullas de Autodefensa Civil (PAC), y prestar servicio militar, cambiaron su forma de vernos a los que nos exiliamos en México. A lo mejor nos veían como los traidores.

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La guerra aún no había cesado. Era frecuente oír los combates en la lejanía de la selva. En el área aún estaban activos varios destacamentos del Ejército. En nuestro trayecto temíamos que hubiera un retén militar. Eran muy frecuentes. Por el lado de la guerrilla, en ocasiones detenían los vehículos y compraban mercadería adquirida por las personas en la cabecera municipal; luego desaparecían en un cerrar de ojos entre los matorrales.

Para 1993, pocas aldeas se conectaban por medio de una carretera con la cabecera municipal. Las pocas conexiones eran de terracería a base de balastro (piedra de río) y eran solo transitables en picops doble tracción o camiones de carga.

Así que para llegar, tuvimos que caminar poco más de una hora desde la última aldea a donde llegaba la carretera. Calculo que serán unos 12 kilómetros de camino-vereda. En algún tiempo, maquinaria de alguna compañía abrió una brecha que cada vez se iba cerrando.

Desde la última aldea, que se llama San José La 20, la gente llevaba cargas y mercaderías en caballos, mulas o machos, únicos expertos para sortear el lodo.

A mis 13 años, el mejor par de zapatos que había conocido hasta entonces eran unos tarugos de hule. En México y un buen tiempo después de que volvimos a Guatemala, estos calzados hicieron de mis pies unos todoterrenos.

Papá caminaba a paso ligero y yo siempre intentaba marcarle el paso. Casi no hablamos como lo hacíamos normalmente en nuestras caminatas.

Si bien, ya conocía la selva en México, la que se abría frente a nuestros pasos era totalmente distinta. Cantos de pájaros, chasquidos de chiriviscos resquebrajándose bajo los pasos de alguna lagartija en pleno escape… todo era nuevo para mis oídos y mis ojos.

Bruma espesa en las copas de los árboles, olor a humedad, mezclas de fragancias agrestes… estaba perplejo, pero el compás de papá me decía que ya habrá tiempo para contemplar con detenimiento.

Llegamos a un claro, que se extendía en la lejanía sobre arbustos y árboles frutales más pequeños. Era la señal. Por fin conocía a la de las una y mil historias de papá y mamá. La de las conversaciones nocturnas después de cena alrededor de fogón. La de las pláticas entre los surcos de milpa calzadas. La de las charlas a toda hora, en todo lugar.

Ahora la tenía enfrente: Santa María Tzejá.

Su nombre proviene de la unión de dos términos: uno en castellano, Santa María, en alusión al Día de la Cruz, que se celebra el 3 de mayo, y otro de un vocablo k’iche’ castellanizado que es Tz’ija’ (literalmente “perro de agua”), que se traduce como nutrias, lo cual sería Santa María de las Nutrias.

Hacia 1970, la aldea fue fundada por un grupo de campesinos del altiplano quichelense de la mano del cura español padre Luis Gurriarán. En el lugar abundaban las nutrias en el río que nace en las entrañas de las selvas y que más tarde sería llamado también Tzejá.

Seguimos caminando y conforme avanzamos oía más cercanos el canto de los gallos. Calles-caminos se abre a los lados cada cierta distancia. Casas con paredes de tabla y techos de cinc se asoman bajo las sombras de árboles frondosos, naranjales y zapotes, árboles San Juan, Conacaste, Canxán, matapalos trepados sobre algún sauce.

Ecos del trajinar dan señales de vida.

Tomamos una de las veredas que siguen el curso de lo que en un plano original sería una amplia calle. Cruzamos en un puente de hamaca un pequeño río. Más tarde supe que se llama Yarcón.

Llegamos a un área despejada. La vieja iglesia de paredes de tabla y techos de lámina de cinc; la tienda de la cooperativa, un viejo salón sin paredes y varias casas en sus alrededores eran indicio de que llegamos al centro de la aldea. Años después abonamos a nuestro léxico la palabra “Centro” para nombra ese sector. Era el punto de confluencia en las tardes y los fines de semana.

No había nada más que la tienda y el espacio que brinda el salón sin paredes, donde por la tarde, después de un día de trabajo en el campo, hombres, niños, mujeres y ancianos se reúnen para ver largos juegos de canicas y trompos.

Entre las escasas casas que estaban en el Centro, destaca la de la familia Botón, donde operaba un molino de nixtamal, la de la familia Cux, que si no mal recuerdo, tenía una tienda, y la de mi tío Alejandro.

Llegamos. Ellos nos esperaban. Todo parecía una fiesta. Como si de tratara del recibimiento de una comitiva. Grandes muñecos de tortillas se apilaban en un canasto. No conozco aún quien es quien, lo único que sé que son mis primas y primos que terminan de preparar los gallos que serán nuestro almuerzo-cena.

Nos presentamos, platicamos, lloramos, reímos. Preguntas, exclamaciones, asombros, complicidades. Por momentos todos queríamos hablar al mismo tiempo. Había mucho que decir y escuchar. Fueron 12 años de ausencia, de incertidumbres, de silencios.

Casi al anochecer mi tío nos llevó “al lote”. Es que Santa María Tzejá estaba planeada como un parcelamiento con su casco. El “Centro” es la plaza, el punto social y político, por así decirlo. “Nuestro” lote es el número 24 y su ubica justo en la entrada a la aldea; a la par está el lote de mi tío, donde no vivían, pero tenían una casa.

Llegamos. El olor a nance y azafrán invadía el lugar. Había árboles de guapinol, cacao, naranjas, limas, limones, guanábana, pomarrosa y guayabas.

Tras el control del Ejército sobre la población, muchas familias ajenas a la aldea fueron traídas para habitar las tierras abandonadas por lo que huimos. “Nuestro” lote fue acaparado por uno de los primos de papá. Para bien, más que para mal, no hizo nada más que acapararlo. Los naranjales plantados hace doce años seguían en pie y bien cargados. La plantación de café seguía produciendo. Pero por ahora era “no-nuestro” y no dio nostalgia solo verlo.

Desde cierta distancia, papá me hizo un mapa de los movimientos previo y durante la incursión del Ejército. De la ubicación de nuestra casa que luego fue quemada, de dónde salvó a su caballo blanco mientras sentía el calor de las balas pasarle sobre la cabeza.

Entrada la noche, una fuerte lluvia empapó el lugar. La noche se más oscura, pero adentro, el fuego le daba vida al fogón. _”Recuerdo lo que me escribiste en tu carta: ‘tío, algún día tendremos la oportunidad de conocernos’, y hoy llegó este día”. Mi tío irrumpió en la plática de ese momento. _”Ya ves, siempre hay que tener fe y esperanzas”, agregó mi tío.

No recuerdo con exactitud ahora, pero creo que cursaba tercero primaria y sería 1990, cuando recibimos la visita de la antropóloga chilena Beatriz Manz en Kuchumatán Quintana Roo. Escribí una carta a mano a nombre de mi familia para mi tío Alejandro y su familia. Para entonces, ya sabíamos que había sobrevivido a la captura y posterior tortura por parte del Ejército durante seis meses que fueron detenidos en la base militar. Él era catequista y lo fue hasta el día que murió en 2004.

De esa carta hablaba mi tío. Donde le expresé en mi esperanza de niño que un día nos reencontraríamos. Ese día había llegado.

Esa noche no dormimos. Platicamos de la huía el día que incursionó el Ejército, los embates de una vida a la intemperie durante año y medio (buena parte de eso lo vivieron ellos hasta que fueron capturados durante la constante huída) y el exilio. Hablamos de todo un poco.

Pasada la media noche, comenzamos a pensar en el regreso. Cerca de la casa, un grupo de evangélicos cantaba y alababa desde el anochecer. El volumen de su ruido no nos distrajo. En cambio, si estábamos atentos de cuándo se callarían. Habíamos optado por seguir a los predicadores, que generalmente vienen de la cabecera municipal u otros lugares, para seguirlos a su partida hasta San José La 20.

Concentrados en nuestra plática no nos preocupamos por ver el reloj. Nuestra señal de salida era cuando se callaran los evangélicos. Y así fue. Sería la una de la madrugada cuando lo hicieron. Con una linterna de batería en mano partimos luego de los abrazos y estrechez de manos.

No teníamos noción del tiempo. Pensar en la hora era lo de menos para nosotros en ese momento. La lluvia había cesado pero su paso no fue en vano. El camino se tornó fangoso. Con una linterna era difícil abrirse camino en la oscuridad. Los evangélicos, acostumbrados más que nosotros a esos caminos, caminaban rápido. Fue difícil darles alcance.

Cada vez nos fue más difícil de avanzar. La arcilla al mojarse es pegajosa. Mis pies se hundían y el lodo por ratos me llegaba casi a la rodilla. Mis tarugos no estaban para este terreno. Tuve que sacarlos con la mano varias veces del lodo.

Papá iba más delante de mí. Comenzó a impacientarse al no poder darle alcance a los evangélicos. Fue en ese momento que tuve miedo. Pensé que nunca saldría de atascadero. Que algún grupo de soldados podría aparecerse en cualquier momento. Me puse a llorar. Papá me tranquilizó. Optó por no seguir a los evangélicos. Comenzamos a caminar a nuestro ritmo.

Nos dimos cuenta de nuestro error. No fijarnos en la hora. Por fin, llegamos en las inmediaciones de San José La 20. No había cantos de gallos, que son la señal del amanecer. La oscuridad era espesa. Faltaba mucho para el amanecer.

Llegamos a un arroyo. Papá acostumbraba llevar consigo un poco de azúcar y un vaso. Tomó agua del arroyo, le echó azúcar y me dio a beber. Me dijo que nos quedáramos ahí hasta que amaneciera. Que esperáramos el canto de los gallos.

Nos recostamos en la arena. Papá apagó la linterna. La oscuridad nos cubrió. No lograba distinguir nada. Casi podía oír nuestros corazones latir. Me quedé dormido, hasta que papá me despertó. Un perro ladra en la lejanía. _”Es hora de irnos”, dijo.

Salimos al camino, estábamos a un kilómetro del punto donde se toma el carro. El alba comenzaba a pintar la silueta de la vegetación. Los gallos cataban. Un motor de nixtamal rompía el silencio.

Cuando llegamos al punto, mucha gente esperaba el vehículo. Ahí estaban los evangélicos, con sus guitarras a la espalda. Se habían cambiado las botas de hule por mocasines y llevaban ropa limpia. Nosotros parecíamos dos espantapájaros.

Hacia el medio día estábamos de vuelta en Victoria 20 de Enero, la primera comunidad de retornados en Ixcán, donde comenzábamos nuestra vida en Guatemala desde el 30 de enero de 1993. De la experiencia del viaje de vuelta no quise hablar en casa. Me quedé con la impresión de por fin conocer la tierra que me vio nacer y la sensación que brinda los nuevos colores, los nuevos aromas y los nuevos sabores.

Revivieron las esperanzas que en un tiempo parecían desvanecerse. En mayo de 1994, menos de un año después de la primera visita, recuperamos nuestra tierra. Antes de eso, viajé un par de veces más con papá para las reuniones preparativas para el retorno del resto de parcelistas que aún vivían en México, principalmente en Campeche.

El caso de los parcelistas de Santa María Tzejá es el único de antiguos propietarios retornados de México que recuperaron sus tierras ocupadas por otras personas traídas por el Ejército en el marco de la política de control militar sobre la población.

Mediante un proceso de negociación a partir de la capacidad organizativa, se logró que el Gobierno valuara el trabajo de los ocupantes y les indeminizara a cambio de dejar las tierras a sus dueños originarios.

No hubo otro caso como este. Hubo dos o más intentos en Ixcán de este tipo, pero fracasaron.

Aunque con los años, muchas cosas han cambiado, Santa María Tzejá sigue ahí vasta y profunda. Inexorable en el mar de clorofila. ¡Cuánto amo esta tierra!

*Mi idea original era publicar este post el 3 de mayo de este año, fecha en que Santa María Tzejá celebraba 43 años de su fundación, no lo terminé de escribir a tiempo.

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