Los pasos de la muerte

En casa acostumbramos a comprar la verdura para la semana los domingos y lo hacemos en el mercado principal de la zona.

La mañana de aquel sábado, por alguna razón no llevé a mi hijo a sus clases al Conservatorio Nacional de Música.

Mi esposa, como ya es costumbre todos los fines de semana, hacía la limpieza y cambiaba todo de lugar desde temprano, y yo, apenas me incorporaba para ayudarla.

Serían como las nueve horas y fracción. El sol calentaba fuerte el techo de láminas de zinc de mi casa, y eso hacía que el calor se acumulara aún más.

Recordé que el siguiente día teníamos un compromiso, entonces le dije que podría ir por la verdura, así no tendríamos por qué preocuparnos por las cosas del mercado.

__ Me parece bien__ Me respondió.

__ La verdad no tengo muchas ganas de ir, pero creo que es mejor__ Le repliqué.

__ Bueno, si no quieres, no vayas; el lunes veré como le hago__ Me contestó.

__ ¡No! Mejor voy de una vez__ Le dije.

Fui por unas bolsas de costal, tomé mi billetera y salí da casa.

El mercado queda de mi casa como a un kilómetro. Para llegar, debo cruzar todo el asentamiento cuesta arriba, a través de calles de cemento angostas que se cortan continuamente entre las casas de unas cuadras y las subsiguientes.

Es como un laberinto cuyos atajos me los sé de memoria. Tiene muchos callejones angostos, que casi siempre terminan en una puerta de lámina o una reja oxidada.

Donde vivo es parte de un asentamiento de casas informes, enanas y variopintas hacinadas que se formó en la ladera del accidentado paisaje de la periferia capitalina. Es uno más de tantos que se han formado durante años por una y tantas razones sociales y económicas.

Cuando alguien me pregunta en qué zona vivo, suelo responder en tal colonia de tal zona. Mencionar asentamiento tiene connotaciones sociales poco positivas.

Vivo aquí desde hace cuatro años. Construí tres cuartos en el segundo nivel de la casa de la familia de mi esposa. Ellos compraron el lote luego que el huracán Mitch destruyera su antigua casa en 1998. Una década después el Gobierno legalizó la propiedad.

El plan era que el dinero que entonces usaba para el alquiler del apartamento, sería ahorrado, y en cinco años, tener para enganchar un lote o una casa. Pero como suele suceder en la vida, las cosas no son como uno quisiera.

Mientras camino a paso ligero, repaso en la mente lo que debo traer del mercado. El sol pega fuerte. Las calles cuesta arriba son pronunciadas. Camino en zigzag para desafiar a la gravedad.

Tres libras de tomates, dos de papas, una de zanahorias… un quetzal de cilantro, uno de hierba buena… un apio, chiles pimientos…. dos manos de limón, dos libras de pollo… frutas… Hacía cuentas mentales, igual nunca las concluí. Llevaba en la billetera poco más de Q200.

Al tomar la calle que tiene un recodo antes de los últimos 20 metros más angostos que sirven de entrada y salida del asentamiento, escuché pasos tras mí y una conversación del que no alcancé a oír más que el murmullo mismo.

Casi automáticamente sentí ganas de enterarme de la conversación. Una sensación extraña invadió mis cuentas mentales. En su lugar, algo que no sé que es, quería hacerme pensar que había algo malo en esa conversación que ahora se hacía más clara y alcanzaba a distinguir ahora las palabras fragmentadas.

Por la conversación, supe sin ver que eran dos personas. Sus pasos se acercaban cada vez más.

__ ¡Mierda!__ Dije en mis adentros. __Solo son Q200, si eso es lo que te preocupa__ Me dijo esa sensación que me invadía. Pero, sabía que eso no era lo que me inquietaba. Hay algo más, quise contradecir al algo que me hablaba.

Todo pasaba en un instante. Sin darme cuenta, caminaba más despacio que hasta entonces.

En cuestión de segundos pasaron en mi mente muchos pensamientos. Unos tropezaban con otros. Como el chirrido que producía en la grabadora cuando se retrocedía una cinta de casete mientras la canción estaba tocando.

Recordé que justo en ese lugar, siete años atrás, me di de golpes con un tipo que intentó asaltarnos con mi esposa. Éramos novios aún e iba a dejarla a casa. No pudo lograr su cometido.

Levanté la vista para ver cuánto faltaba para el recodo. Entre el punto donde se toma la calle en la que estoy y el recodo había como 15 metros de distancia. Había avanzado unos cinco desde que oí las voces y los pasos.

Una de las puertas se abrió. Un niño como de 12 años asomó la cabeza, y como si alguien se lo dijera, vio directo hacia mí. Pero no a mí, sino a los que venía atrás. Fue un movimiento rápido. Casi inmediatamente retrocedió y cerró la puerta de metal con fuerza.

Recordé que hacía unos tres meses, un niño que vivía justo en la casa de enfrente de donde apareció este, fue baleado luego de presenciar otro crimen.

Pensaba rápido, pero mis ideas no cuajaban. Caminaba más despacio para que los de la conversación me rebasaran, lo cual no sucedía.

Tomé el callejón. Aligeré mis pasos. Levanté la vista para calcular cuánto me faltaba para la salida a la calle principal. Tuve la sensación de que la salida se cerraba con forme avanzaba. Me vi en un túnel.

__ Vos, ¡apurate! (sin acento)__ La voz de un adolescente de unos 13 años me regresó a la calle angosta. Faltaban unos diez metros. Sentía los pasos pesados y un trecho sin final.

__ ¡Apurate! Se está yendo a la parada__ Insistió.

A quién la hablaba el de enfrente no respondió. Había visto siempre al chico por ahí. Por allí hay unos teléfonos públicos de moneda. Siempre están en grupo y suelen descolgar los auriculares. Les silbaban a las chicas y siempre hablaban palabras soeces. La gente sabe que ellos son los que asaltan a transeúntes, pero nadie dice nada, por temor.

En secreto le decimos “Cara Torcida”. Entre su pandilla tendrá otro alias. Supongo que es una deformación congénita, pero tiene una parte de la boca hinchada y de ahí su apodo secreto. Parecía malhumorado siempre.

Por fin salí del túnel. Vi que un hombre trabajaba recolectando las monedas de los teléfonos.

__ A este le van a poner__ Pensé mientras cruzaba al otro lado de la calle ancha, donde se levanta un muro de unos cuatro metros de altura, para impedir el paso hacia una residencial privada.

Entonces alguien me alcanzó y me rebasó. Yo caminaba sobre la acera, pegado al muro. El que me rebasó caminaba rápido a media calle. El presentimiento de que algo malo iba a ocurrir seguí en mí.

Le calculé unos 17 años. Vestía pantalón blanco y una playera celeste. Llevaba puesto tenis blanco con negro y franjas rojas. Tendrá un metro 65 de estatura. Su cabello revuelto, mojado.

Noté que llevaba húmedo el pantalón en la parte de cintura hasta un poco arriba de los muslos. Al parecer su ropa interior estaba mojada.

Estaba a unos 15 metros delante de mí. Levanté la vista, y en la calle donde voy, que es la que pasa a un costado del mercado, y que da al bulevar principal de la zona, caminaba poca gente. Dos señoras con cuatro niños venían enfrente. Algunos carros estacionados en la orilla de la calle.

El chico sacó un celular del bolsillo delantero derecho del pantalón y se lo llevó al oído. Lo volvió a guardar casi enseguida. No hubo conversación.

Luego llevó su mano derecha hacia la cintura en la parte trasera. Su mano volvió sosteniendo algo negro.

Negro como una noche espesa. Como su pelo revuelto. Negro como el sueño.

Corrió unos cinco pasos. Iba a unos 25 metros delante de mí.

Me percaté que una mujer caminaba a pocos metros delante de él.

Recordé las palabras de “Cara Torcida”. A unos cincuenta metros de donde estaba la mujer, con solo cruzar el bulevar está la parada de buses urbanos que van al centro de la ciudad.

__ ¡Apurate! Se está yendo a la parada__ Volvió a retumbar la vos de “Cara Torcida” en mi cabeza y me volvió a sacar del túnel.

Se detuvo justo a unos dos metros detrás de ella.

Pum, pum, pum, pum…

Las señoras con los niños gritaron. Corrieron. La alarma de uno de los carros estacionados comenzó a pitar.

Seguí mi plan. Es decir, tuve tiempo para un plan por si las cosas terminaban algo así. Continuar mi marcha como si no hubiera escuchado nada, ni visto nada. Como si nada hubiera pasado.

Mi plan era una especie de droga. No tenía alternativa. No eran mis Q200. No era el señor que vaciaba monedas custodiado por un guardia.

En el fondo, me estaba maltratando a mí mismo. Me decía sos (eres) un cobarde. Sentía ganas de jalarme el pelo para salir de mi letargo.

Me sentía impotente. Supe desde siempre que no podía hacer nada. Estaba solo en esa vorágine.

Me sentía egoísta. Pensé en mi esposa, en mi hijo de seis años. En mi suegra, en mis cuñados. En mis papás que estaban a nueve horas de camino de donde estoy. Pensé que si corría, me podrían perseguir y darme alcance.

Me pregunté por qué no tenía un arma y el poder de blindarme a sus balas para enfrentarlo. Pero no lo tenía, y si lo hubiese tenido, no hubiera tenido poder de súper héroe.

Levanté un poco la vista justo cuando se oyeron las detonaciones. Vi que se aturdió, y estuvo a punto de correr hacia delante. Se retractó y regresó por donde vino. Un auto salía del parqueo del mercado en el momento que retrocedía y casi lo atropella. Con la pistola en la mano, esquivó el auto, que se detuvo en ese momento.

Las señoras tomaban a los niños de la mano y corrían. Él venía atrás de ellas. Un guardia del parqueo del mercado corrió con escopeta en mano, pero no vio que rumbo tomó.

Yo seguía caminando. Sentía el cuerpo pesado. A unos metros de mí, hay un poste de luz. Avancé calculando estar justo a la par del poste cuando él pasara junto a mí.

Cuando levanté la vista, se había reunido, y otros tantos salían corriendo del mercado. Una auto patrulla que pasaba, pasó a alta velocidad entre la gente. Calculé que el que corría ya había entrado por el túnel.

Volví la vista. En la entrada no estaba “Cara Torcida” ni compañía. Estaban con él al momento de alertar otros tres chicos cuya edad oscilaban a la de él.

El otro de la conversación también era un chico. A este le calculé unos 11 años. Lo vi en un momento en que volteé mientras cruzaba la calle.

Escaparon. Es lo de siempre, pensé.

Pasé entre la multitud que se aglomeraba en torno a un paisaje sombrío. La multitud también me parecía sombría, igual que un tipo de ave de rapiña.

Por más que no quería ver, mi vista abarcaba ese ángulo. Ella estaba boca abajo. Entre el murmullo y las conjeturas que supongo abundaban, alcancé a oir un lastimero sonido a respiración o algo parecido. Resonaron tan fuertes como la vos de “Cara Torcida”.

Era joven.

Compré la verdura. Mis palabras me salían atropelladas. Creo que hasta temblaba. Traté de no fallar en mi plan. Seguía drogado.

__ ¡Acaban de matar a un señor!__ Quería informarme la señora de la pollería. __Escuché que fueron dos hombres__ Seguía con ganas de llevarse la exclusiva. No le respondí.

Pensé tomar el bus urbano para rodear el asentamiento y entrar por el otro lado. Esta vez no sentía el peso de la bolsa de verdura. Apresuré mis pasos al pasar donde la gente no dejaba ver nada más. En mi casa, me dieron cuenta de los disparos. Yo les conté la primicia.

______

PD: Lo que leí en los diarios el siguiente día, versa distinto de lo que vi. Supe que ella tenía 19 años. Que recibió una llamada y después de eso salió de su casa. Dejó un niño de corta edad en la orfandad, cuyo padre también había sido asesinado cerca de un año atrás.