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Victoria 20 de Enero, Ixcán, Quiché, fui mi primer hogar al volver a Guatemala en 1993. Antes de llamarse así, el lugar se le conocía como Polígono La 14. Cuando volvimos “los refugiados”, su nombre cambió. Adoptó ese nombre que hace alegoría a la fecha en unos dos mil 500 refugiados (de los aproximadamente 45 mil que en las década de 1980 nos asilamos en México), cruzamos la frontera por La Mesilla, Huehuetenango. Este acto representó una victoria frente al exilio y la guerra interna que se inmortalizó en el nombre de nuestra nueva comunidad, en las recónditas selvas tropicales de Ixcán, Quiché.

Foto: Facebook: Victoria 20 de Enero

Foto: Facebook: Victoria 20 de Enero

Y es que el 20 de enero de 1993, cruzamos la frontera de regreso a nuestro país, tras 12 años de exilio. Dejamos los que hasta entonces habían sido nuestros hogares en las comunidades de refugiados en Quintana Roo, Campeche y Chiapas. En el caso nuestro (mi familia) partimos el 13 de enero, contra la voluntad del gobierno de Guatemala que siempre puso trabas para retrasar el retorno. Ese día, decidimos caminar y lo hicimos durante todo un día, para presionar a que se nos brindaran los medios para volver a nuestra tierra y se nos garantizaran nuestros derechos y nuestra integridad. A la mañana siguiente, tras pernoctar en el ejido de Miguel Hidalgo, decenas de autobuses llegaron por nosotros.

Durante todo el día y hasta entrada la noches (las 20 horas aproximadamente), llegamos a Palenque, Chiapas. Al día siguiente partimos a Comitán, siempre en Chiapas, donde tuvimos que esperar cinco días más antes de seguir nuestro camino. El último día en Comitán, le dijimos adiós a México, y tras andar por las nubes a través de la carretera que serpentean la sierra Los Cuchumatanes, el 20 de enero de 1993, pisamos tierra guatemalteca. Antes de partir de Kuchumatán, nuestra comunidad en Quintana Roo, dibujé un quetzal volando en un manta que amarré al bus que nos trajo. La caravana de buses alcanzaban los dos kilómetros, los cuales nosotros encabezábamos estando en el bus número dos.

A nuestra llegada a Huehuetenango, nos recibieron nuestros hermanos guatemaltecos. No pudimos seguir nuestro camino sino hasta dos días después, ya con documentos guatemaltecos. En la ciudad capital, igual nos demoramos otros dos días, y posteriormente, en Cobán, Alta verapaz, donde hicimos una de las últimas paradas, nos demoramos otros días, puesto que al no haber condiciones adecuadas para transitar hacia Ixcán, se nos negaba seguir.

Con la convicción como bandera, montamos camiones de carrocería y picops y partimos una mañana fría. La maquinaria iba literalmente abriendo la brecha por delante de los caminos que terminaba de aplanar el camino. Lo que no sabíamos era que nos restaban 28 horas de camino enfrentando cualquier obstáculo que implica abrirse camino por esos lugares olvidados.

Finalmente, el 27 de enero, llegamos a nuestro destino: Victoria 20 de Enero.

De mi primer casa en Guatemala, me despedí un año y medio después, porque recuperamos nuestras antiguas tierras en Santa María Tzejá, mi aldea que había abonado 14 años atrás con mi cordón umbilical, y a donde volvimos en mayo de 1995.

Hoy es el baile que alguna vez “bailé” hace 23 años.

¡Viva Victoria 20 de Enero!

Foto: Facebook: Victoria 20 de Enero

Foto: Facebook: Victoria 20 de Enero

Un día como hoy, hace 14 años, me colgué la mochila al hombro y salí al encuentro de la vida. Siempre consideré que me había adelantado al tiempo pero que me faltaba mucho camino por recorrer. Realmente, mi caminar apenas comenzaba.

Hace 14 años, alcé el vuelo a la independencia. Me vine a la ciudad con la mirada puesta en el futuro. Con la claridad de las auroras y los ocasos guiándome.

Sin dimensionar del todo a lo que me enfrentaba. Hacía menos de una década que volvíamos con mi familia de 12 años de exilio en México. Recién comenzaba a adaptarme al ambiente y la vida en la aldea que me vio nacer, Santa María Tzejá, y ahora tocaba dar un giro de 180 grados, viniendo a la ciudad capital de Guatemala. Ciertamente, dos años antes recién salía de un internado donde me gradué de maestro, pero nunca salí a enfrentarme a las calles como ahora me tocaba.

Durante un buen tiempo, encontrar un trabajo para sostenerme a mí y mis estudios fue tan difícil que estuve a punto a regresar. Caminé de un extremo a otro, todas las avenidas y calzadas más importantes de la ciudad, tocando en las puertas donde mi instinto me decía que podía haber una oportunidad para mí. Muchas veces sin nada en el estómago más que caramelos para engañar el hambre.

Siempre estaré agradecido con todas las personas que en todo ese lapso me tendieron la mano. Mis paisanos que estudiaban en la universidad y alquilaban en grupo me dieron donde vivir, me dieron de comer y me alentaron a no desfallecer. Mis padres, no me abandonaron y recibí mucho más de ellos.

Tenía mi pase asegurado para ingresar a la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de San Carlos de Guatemala, pero cada vez veía más cerca el peligro de perder la oportunidad.

Cuando ya casi me daba por vencido y solo seguía sosteniéndome con mis últimas energías, se me abrió una puerta, en 14 años, he tenido la fortuna lograr ir abriendo una puerta tras otra, sin quitar los ojos en el horizonte.

Puede que sea mi determinación lo que me ha conducido hasta acá, pero egoísta sería no reconocer el rol de mis padres. Agradezco, sobre todo, por enseñarme el valor del trabajo y la importancia de la educación (formación académica).

Tampoco sería posible sin mis faros actuales: Cata Martín, mi esposa, y mis hijos Omar y Matías. Sigo teniendo la luz de mis padres y hermanos, así como la de personas cercanas a mi nueva familia.

Papá Polín, gracias por el regalo que me dices hace 14 años, justo antes de tomar la vereda que me condujo desde la casa hasta la carretera grande: “Tú sabes que no tengo dinero para regalarte y que será muy difícil ayudarte económicamente en tus estudios, pero tengo un regalo para ti, LA LIBERTAD”.

Mientras Guatemala libra su propia batalla por sembrar en tierra fértil la semilla del cambio de conciencia social y la transformación del sistema político, en Medio Oriente miles de personas buscan en el éxodo una escapatoria al terror de una guerra inhumana.

Basta con ver las imágenes que nos llegan principalmente por Internet para comprender la dimensión del dolor que viven los desplazados en un intento por buscar refugio en los países europeos más próximos. No basta con verse expulsados de sus hogares y de su país, sino encima soportar los embates de la huida que ya ha acabado con la vida de miles y que al final del viacrucis toparse con el portazo de las fronteras.

No puedo imaginar todo el dolor que pasan, pero pienso en cuánto soportaron mis padres y hermanas mayores en la huida cuando, en febrero de 1981, la guerra civil nos alcanzó. No alcanzo a imaginar lo que mi madre tuvo que pasar para evitar mi muerte inminente.

A mi corta edad no recuerdo el dolor del desplazamiento, el miedo de la huida y el terror de estar sin hogar. Pero 12 años de exilio y refugio no son cosa de un borrón y cuenta nueva. Tengo conciencia plena de por lo menos 7 de esos 12 años y de los subsiguientes inmediatos al retorno a Guatemala. Porque el regreso tampoco estaba pintado de condiciones de vida digna. Hambruna, desprecios, re-adaptación y carencias básicas son una prolongación del calvario.

No digo que no haya nada positivo en esto. De hecho, mi madurez y conciencia social e individual provienen de ese pasado oscuro. De esa gana de resurgir y vencer la maldad.

La imagen del pequeño Aylan tendido boca abajo sobre la arena con las lenguas de la muerte besando su rostro me tiene el corazón estrujado. El mismo día que vi la imagen, mi esposa me envió una foto de la siesta de nuestro Matías. Me sentí impotente y hasta el mas diminuto ser de este universo. Yo sabía que después del trabajo podré cargarlo y hablarle mientras que del otro lado un padre que intentaba darles una mejor vida o aunque sea una distinta a la de la guerra se había quedado si el mayor tesoro.

Pienso en mi madre Olivia y no me alcanzan las palabras para agradecer su sacrificio por mantenerme a mis hermanas, hermanos que nacieron después y a mí, con vida. Por su puesto que papá Polín no tiene menos crédito en toda esta supervivencia.

En la década del 80, México nos acogió a más de 46 mil guatemaltecos desplazados por la guerra. De esa muestra humanitaria siempre estaré agradecido. Hoy me pregunté, ¿acaso como Guatemala no podríamos recibir refugiados?

Mi lar

es un punto inexorable

en el mar de clorofila tropical;

no se presta a maldades:

Todos los caminos de mi pueblo

conducen hacia él;

pero ninguno es escapatoria.

No recuerdo la fecha exacta, pero fue hacia finales de 1993 cuando la conocí. Vasta y profunda. Inexorable en el mar de clorofila. Un punto dentro del accidentado valle que en tiempos inmemoriales era el territorio que marcaba uno de los dos estilos de vida del Pueblo Maya-ixil.

Hacía pocos meses que volvimos a Guatemala arrastrando 12 años de exilio y refugio en México. Volvimos casi resignados a la idea de haberla perdido para siempre.

Me vio nacer un 5 de mayo y a los nueve meses de edad me arrebataron de sus brazos. Antes del exilio amamanté un amor profundo hacia ella. Durante los años de destierro, cultivé junto a mi familia ese gran amor por ella.

El día que la vi por primera vez; el día que la conocí, supe que papá y mamá no me lo habían pintado. Era tal cual la imaginaba desde siempre.

Ese día, llegamos con mi papá en plan de casi clandestinos. Aún no teníamos claro cuál iba a ser la reacción de las personas que se quedaron en el país y vivieron la otra cara del conflicto si llegaran a vernos, por lo que preferimos tomar nuestras precauciones.

Los únicos en quienes confiábamos para entonces eran mi tío Alejandro y su familia. A ellos, los capturó el Ejército, mientras huíamos en la selva, unos después de la incursión aquel 13 de febrero de 1982.

La gente que vivió el arraigo bajo el dominio del Ejército y su política de seguridad y control, tuvo que adaptarse para sobrevivir. Con el tiempo, muchos adoptaron la doctrina militar, eso fue el caso de los primos de mi papá, que luego ser sometidos a las ex Patrullas de Autodefensa Civil (PAC), y prestar servicio militar, cambiaron su forma de vernos a los que nos exiliamos en México. A lo mejor nos veían como los traidores.

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La guerra aún no había cesado. Era frecuente oír los combates en la lejanía de la selva. En el área aún estaban activos varios destacamentos del Ejército. En nuestro trayecto temíamos que hubiera un retén militar. Eran muy frecuentes. Por el lado de la guerrilla, en ocasiones detenían los vehículos y compraban mercadería adquirida por las personas en la cabecera municipal; luego desaparecían en un cerrar de ojos entre los matorrales.

Para 1993, pocas aldeas se conectaban por medio de una carretera con la cabecera municipal. Las pocas conexiones eran de terracería a base de balastro (piedra de río) y eran solo transitables en picops doble tracción o camiones de carga.

Así que para llegar, tuvimos que caminar poco más de una hora desde la última aldea a donde llegaba la carretera. Calculo que serán unos 12 kilómetros de camino-vereda. En algún tiempo, maquinaria de alguna compañía abrió una brecha que cada vez se iba cerrando.

Desde la última aldea, que se llama San José La 20, la gente llevaba cargas y mercaderías en caballos, mulas o machos, únicos expertos para sortear el lodo.

A mis 13 años, el mejor par de zapatos que había conocido hasta entonces eran unos tarugos de hule. En México y un buen tiempo después de que volvimos a Guatemala, estos calzados hicieron de mis pies unos todoterrenos.

Papá caminaba a paso ligero y yo siempre intentaba marcarle el paso. Casi no hablamos como lo hacíamos normalmente en nuestras caminatas.

Si bien, ya conocía la selva en México, la que se abría frente a nuestros pasos era totalmente distinta. Cantos de pájaros, chasquidos de chiriviscos resquebrajándose bajo los pasos de alguna lagartija en pleno escape… todo era nuevo para mis oídos y mis ojos.

Bruma espesa en las copas de los árboles, olor a humedad, mezclas de fragancias agrestes… estaba perplejo, pero el compás de papá me decía que ya habrá tiempo para contemplar con detenimiento.

Llegamos a un claro, que se extendía en la lejanía sobre arbustos y árboles frutales más pequeños. Era la señal. Por fin conocía a la de las una y mil historias de papá y mamá. La de las conversaciones nocturnas después de cena alrededor de fogón. La de las pláticas entre los surcos de milpa calzadas. La de las charlas a toda hora, en todo lugar.

Ahora la tenía enfrente: Santa María Tzejá.

Su nombre proviene de la unión de dos términos: uno en castellano, Santa María, en alusión al Día de la Cruz, que se celebra el 3 de mayo, y otro de un vocablo k’iche’ castellanizado que es Tz’ija’ (literalmente “perro de agua”), que se traduce como nutrias, lo cual sería Santa María de las Nutrias.

Hacia 1970, la aldea fue fundada por un grupo de campesinos del altiplano quichelense de la mano del cura español padre Luis Gurriarán. En el lugar abundaban las nutrias en el río que nace en las entrañas de las selvas y que más tarde sería llamado también Tzejá.

Seguimos caminando y conforme avanzamos oía más cercanos el canto de los gallos. Calles-caminos se abre a los lados cada cierta distancia. Casas con paredes de tabla y techos de cinc se asoman bajo las sombras de árboles frondosos, naranjales y zapotes, árboles San Juan, Conacaste, Canxán, matapalos trepados sobre algún sauce.

Ecos del trajinar dan señales de vida.

Tomamos una de las veredas que siguen el curso de lo que en un plano original sería una amplia calle. Cruzamos en un puente de hamaca un pequeño río. Más tarde supe que se llama Yarcón.

Llegamos a un área despejada. La vieja iglesia de paredes de tabla y techos de lámina de cinc; la tienda de la cooperativa, un viejo salón sin paredes y varias casas en sus alrededores eran indicio de que llegamos al centro de la aldea. Años después abonamos a nuestro léxico la palabra “Centro” para nombra ese sector. Era el punto de confluencia en las tardes y los fines de semana.

No había nada más que la tienda y el espacio que brinda el salón sin paredes, donde por la tarde, después de un día de trabajo en el campo, hombres, niños, mujeres y ancianos se reúnen para ver largos juegos de canicas y trompos.

Entre las escasas casas que estaban en el Centro, destaca la de la familia Botón, donde operaba un molino de nixtamal, la de la familia Cux, que si no mal recuerdo, tenía una tienda, y la de mi tío Alejandro.

Llegamos. Ellos nos esperaban. Todo parecía una fiesta. Como si de tratara del recibimiento de una comitiva. Grandes muñecos de tortillas se apilaban en un canasto. No conozco aún quien es quien, lo único que sé que son mis primas y primos que terminan de preparar los gallos que serán nuestro almuerzo-cena.

Nos presentamos, platicamos, lloramos, reímos. Preguntas, exclamaciones, asombros, complicidades. Por momentos todos queríamos hablar al mismo tiempo. Había mucho que decir y escuchar. Fueron 12 años de ausencia, de incertidumbres, de silencios.

Casi al anochecer mi tío nos llevó “al lote”. Es que Santa María Tzejá estaba planeada como un parcelamiento con su casco. El “Centro” es la plaza, el punto social y político, por así decirlo. “Nuestro” lote es el número 24 y su ubica justo en la entrada a la aldea; a la par está el lote de mi tío, donde no vivían, pero tenían una casa.

Llegamos. El olor a nance y azafrán invadía el lugar. Había árboles de guapinol, cacao, naranjas, limas, limones, guanábana, pomarrosa y guayabas.

Tras el control del Ejército sobre la población, muchas familias ajenas a la aldea fueron traídas para habitar las tierras abandonadas por lo que huimos. “Nuestro” lote fue acaparado por uno de los primos de papá. Para bien, más que para mal, no hizo nada más que acapararlo. Los naranjales plantados hace doce años seguían en pie y bien cargados. La plantación de café seguía produciendo. Pero por ahora era “no-nuestro” y no dio nostalgia solo verlo.

Desde cierta distancia, papá me hizo un mapa de los movimientos previo y durante la incursión del Ejército. De la ubicación de nuestra casa que luego fue quemada, de dónde salvó a su caballo blanco mientras sentía el calor de las balas pasarle sobre la cabeza.

Entrada la noche, una fuerte lluvia empapó el lugar. La noche se más oscura, pero adentro, el fuego le daba vida al fogón. _”Recuerdo lo que me escribiste en tu carta: ‘tío, algún día tendremos la oportunidad de conocernos’, y hoy llegó este día”. Mi tío irrumpió en la plática de ese momento. _”Ya ves, siempre hay que tener fe y esperanzas”, agregó mi tío.

No recuerdo con exactitud ahora, pero creo que cursaba tercero primaria y sería 1990, cuando recibimos la visita de la antropóloga chilena Beatriz Manz en Kuchumatán Quintana Roo. Escribí una carta a mano a nombre de mi familia para mi tío Alejandro y su familia. Para entonces, ya sabíamos que había sobrevivido a la captura y posterior tortura por parte del Ejército durante seis meses que fueron detenidos en la base militar. Él era catequista y lo fue hasta el día que murió en 2004.

De esa carta hablaba mi tío. Donde le expresé en mi esperanza de niño que un día nos reencontraríamos. Ese día había llegado.

Esa noche no dormimos. Platicamos de la huía el día que incursionó el Ejército, los embates de una vida a la intemperie durante año y medio (buena parte de eso lo vivieron ellos hasta que fueron capturados durante la constante huída) y el exilio. Hablamos de todo un poco.

Pasada la media noche, comenzamos a pensar en el regreso. Cerca de la casa, un grupo de evangélicos cantaba y alababa desde el anochecer. El volumen de su ruido no nos distrajo. En cambio, si estábamos atentos de cuándo se callarían. Habíamos optado por seguir a los predicadores, que generalmente vienen de la cabecera municipal u otros lugares, para seguirlos a su partida hasta San José La 20.

Concentrados en nuestra plática no nos preocupamos por ver el reloj. Nuestra señal de salida era cuando se callaran los evangélicos. Y así fue. Sería la una de la madrugada cuando lo hicieron. Con una linterna de batería en mano partimos luego de los abrazos y estrechez de manos.

No teníamos noción del tiempo. Pensar en la hora era lo de menos para nosotros en ese momento. La lluvia había cesado pero su paso no fue en vano. El camino se tornó fangoso. Con una linterna era difícil abrirse camino en la oscuridad. Los evangélicos, acostumbrados más que nosotros a esos caminos, caminaban rápido. Fue difícil darles alcance.

Cada vez nos fue más difícil de avanzar. La arcilla al mojarse es pegajosa. Mis pies se hundían y el lodo por ratos me llegaba casi a la rodilla. Mis tarugos no estaban para este terreno. Tuve que sacarlos con la mano varias veces del lodo.

Papá iba más delante de mí. Comenzó a impacientarse al no poder darle alcance a los evangélicos. Fue en ese momento que tuve miedo. Pensé que nunca saldría de atascadero. Que algún grupo de soldados podría aparecerse en cualquier momento. Me puse a llorar. Papá me tranquilizó. Optó por no seguir a los evangélicos. Comenzamos a caminar a nuestro ritmo.

Nos dimos cuenta de nuestro error. No fijarnos en la hora. Por fin, llegamos en las inmediaciones de San José La 20. No había cantos de gallos, que son la señal del amanecer. La oscuridad era espesa. Faltaba mucho para el amanecer.

Llegamos a un arroyo. Papá acostumbraba llevar consigo un poco de azúcar y un vaso. Tomó agua del arroyo, le echó azúcar y me dio a beber. Me dijo que nos quedáramos ahí hasta que amaneciera. Que esperáramos el canto de los gallos.

Nos recostamos en la arena. Papá apagó la linterna. La oscuridad nos cubrió. No lograba distinguir nada. Casi podía oír nuestros corazones latir. Me quedé dormido, hasta que papá me despertó. Un perro ladra en la lejanía. _”Es hora de irnos”, dijo.

Salimos al camino, estábamos a un kilómetro del punto donde se toma el carro. El alba comenzaba a pintar la silueta de la vegetación. Los gallos cataban. Un motor de nixtamal rompía el silencio.

Cuando llegamos al punto, mucha gente esperaba el vehículo. Ahí estaban los evangélicos, con sus guitarras a la espalda. Se habían cambiado las botas de hule por mocasines y llevaban ropa limpia. Nosotros parecíamos dos espantapájaros.

Hacia el medio día estábamos de vuelta en Victoria 20 de Enero, la primera comunidad de retornados en Ixcán, donde comenzábamos nuestra vida en Guatemala desde el 30 de enero de 1993. De la experiencia del viaje de vuelta no quise hablar en casa. Me quedé con la impresión de por fin conocer la tierra que me vio nacer y la sensación que brinda los nuevos colores, los nuevos aromas y los nuevos sabores.

Revivieron las esperanzas que en un tiempo parecían desvanecerse. En mayo de 1994, menos de un año después de la primera visita, recuperamos nuestra tierra. Antes de eso, viajé un par de veces más con papá para las reuniones preparativas para el retorno del resto de parcelistas que aún vivían en México, principalmente en Campeche.

El caso de los parcelistas de Santa María Tzejá es el único de antiguos propietarios retornados de México que recuperaron sus tierras ocupadas por otras personas traídas por el Ejército en el marco de la política de control militar sobre la población.

Mediante un proceso de negociación a partir de la capacidad organizativa, se logró que el Gobierno valuara el trabajo de los ocupantes y les indeminizara a cambio de dejar las tierras a sus dueños originarios.

No hubo otro caso como este. Hubo dos o más intentos en Ixcán de este tipo, pero fracasaron.

Aunque con los años, muchas cosas han cambiado, Santa María Tzejá sigue ahí vasta y profunda. Inexorable en el mar de clorofila. ¡Cuánto amo esta tierra!

*Mi idea original era publicar este post el 3 de mayo de este año, fecha en que Santa María Tzejá celebraba 43 años de su fundación, no lo terminé de escribir a tiempo.

Dama (2)Foto tomada de la cuenta de Twitter de Emisoras Unidas (con adaptación).

Martes 19 de marzo de 2013. No es un martes ni un 19 de marzo común aunque lo pareciera. Son las siete horas y el sol que se difumina entre la bruma propia de la época ya calienta fuerte.

Estoy once pisos sobre el suelo. Los amplios vidrios que hacen de pared del edificio me permiten tener una vista de una parte de la ciudad. Tengo en frente de mí los dos edificios: uno que recuerda al martillo de juez y el otro más cuadrado que es una metáfora de una mesa.

Son la sede de la Corte Suprema de Justicia y la torre de tribunales que comparten espacio en el Centro Cívico con los edificios del Ministerio de Finanzas, desde donde veo a través del cristal cada día la rutina del corazón de la capital guatemalteca.

Atrás, se impone la sede del Banco de Guatemala, justo a la par de la Municipalidad de Guatemala, y ya menos notables el edificio del Instituto Guatemalteco de Turismo, entre otros escasos dos o tres edificios más de considerable altura que sirven de contraste de las enanas casas del Centro Histórico de Guatemala.

Como fondo alcanzo a divisar la parte más prolífera de edificios que intentan seguirle el camino a los rascacielos, que van de la llamada Zona Viva y aledaños, solo después de repasar con la mirada una extensa parte citadina informe y distintos colores que sugieren a un cuadro abstracto. Detrás de esto, entre la bruma las montañas dibujan contornos de una silueta inerte.

A esta hora, es común oír llegar las patrullas de la Policía Nacional Civil una tras otra con las sirenas abiertas custodiando los camiones del Sistema Penitenciario que traen en montones a reos para las audiencias. Las mañanas con cargadas de bocinazos, pitazos de más de dos elementos de la Policía Municipal de Tránsito y más de uno que otro insulto de automovilistas que ven interrumpida su prisa con el congestionamiento.

La ciudad vive en su rutina. La Séptima Avenida cobra vida. Cual serpiente de algún cuento mágico-religioso se desplazan los automóviles uno tras otro encabezados por uno o dos gusanos verdes del Transmetro. Es la rutina y monotonía de siempre. Cada quien viendo como sale de ese río metales rugiendo para llegar a su destino. Más de uno se atraviesa de un carril a otro intentando ganar unos metros, logrando muchas veces lo contrario.

Pero hoy hay muchos más pitazos, más bocinazos y más sirenas chillando. Una fila de camionetas agrícolas y picops de doble tracción con vidrios polarizados han formado otra fila paralela sobre la bifurcación que lleva a tomar la Novena Avenida, pero que en lugar de enfilar hacia el centro de la Ciudad doblan a la derecha buscando entrar en el sótano de la Torre de Tribunales.

En la cima del edificio martillo veo a agentes observando con binoculares a los alrededores. No es común. Presencia policial frente a la Corte Suprema de Justicia.

Muchos transeúntes observan curiosos sin detener la marcha. A un costado de la sede de la Corte Suprema de Justicia dos móviles de transmisión de noticieros televisivos se instalan. En la Plaza de los Derechos Humanos, en la parte frontal de la Corte un grupo de activistas se aglomera. En una manta color lila alcanzo a leer “Sí hubo genocidio”, dice algo más abajo que no logro leer. Otra manta más grande tiene letras rojas que no alcanzo a leer.

La brisa de la fuente del monumento “Manos de la Paz”, que el sempiterno el alcalde capitalino Álvaro Arzú mandó a construir para conmemorar (se) el décimo aniversario de la firma del Acuerdo de Paz Firme y Duradera en 1996, de la que fue signatario, refresca a los presentes en la plaza frontal de la Corte.

El sótano de la Torre de Tribunales se ha tragado la fila de vehículos, y la puerta peatonal ubicada a la par de la plaza trasera de la Corte hace lo mismo con una fila de personas que se ha formado en línea recta.

Varios elementos del Ejército corren de un lado para otro. Un camión lleno de presos acaba de llegar, pero no son el foco de atención. Veo mayor presencia policial que otros días.

Un grupo de camaradas periodistas ingresa en fila por una pequeña puerta a un costado de la Corte, justo en la parte baja frente de donde me ubico. La nostalgia me invade por un momento. Hace poco más de un mes suspendí mi actividad periodística como reportero. Siempre estoy en el tema de comunicación pero ya no directamente en la calle.

Pienso que son dichosos. Dichosos porque hoy no es un martes ni un 19 de marzo común. Nunca, excepto una que otra vez que llegué por alguna información, cubrí la Torre de Tribunales o lo que en nuestro caló llamamos la fuente de tribunales. Lo mío siempre fue el periodismo económico. Pero sé que es la misma adrenalina que domina la voluntad cuando hay eventos pocos comunes.

No es para menos. Hoy martes 19 de marzo de 2013, por primera vez en la historia de Guatemala se abre juicio por genocidio contra el ex presidente golpista Efraín Ríos Montt y su jefe de de inteligencia, José Mauricio Rodríguez Sánchez, una hecho inédito no solo en el país sino en el mundo, pues hasta ahora, ningún ex jefe de Estado ha sido juzgado por ese cargo en su propio país, de los pocos casos registrados.

El juicio por genocidio y deberes contra la humanidad supuestamente cometidos contra población del Pueblo Maya-Ixil entre 1982 y 1983 bajo las órdenes de ambos. La Fiscalía los acusa de ser responsables del asesinato de 1 mil 771 indígenas ixiles, a manos de los soldados que Ríos Montt dirigía como comandante general de las Fuerzas Armadas.

Cabe recordar que Ríos Montt llegó al poder el 23 de marzo de 1982 a través de un golpe de Estado contra el también general Romeo Lucas García. Un Estatuto Fundamental de Gobierno fechado el 25 de marzo de ese año y firmado por Ríos Montt como presidente de la junta militar, legitimó su gobierno, que funcionó hasta el 8 de agosto de 1983, cuando fue derrocado por otro militar.

Junto a Ríos Montt también es procesado José Rodríguez Sánchez, quien fuera jefe de la Segunda Sección del Estado Mayor General del Ejército y jefe de la Segunda Sección del Estado Mayor de la Defensa Nacional.

La evidencia más importante dentro del caso son tres planes militares contrainsurgentes, conocidos como Victoria 82, Firmeza 83 y Operación Sofía, un reporte que explica las acciones realizadas en dicha operación y que liga al ejército con las masacres.

El Plan de Campaña Victoria 82, que creó la Fuerza de Tarea Gumarcaj integrada por fusileros, paracaidistas, ingenieros de combate y de construcción, iba dirigida a operar en el Triángulo Ixil, nombre militar dado a la región Ixil conformada por las comunidades de San Juan Cotzal, San Gaspar Chajul y Santa María Nebaj, en Quiché.

Según el plan, todas las fuerzas de tareas debían reportar a través del Centro de Operaciones las acciones y resultados al jefe del Estado Mayor General del Ejército, parte de la cúpula militar junto a Ríos Montt, así como lo muestra el documento Operación Sofía.

Peritos militares que testificarán a favor de las víctimas, describirán la cadena de mando con la meta de aclarar la responsabilidad del jefe del Estado Mayor General del Ejército, Ríos Montt.

El plan de campaña Firmeza 83 describe el adoctrinamiento a las de las Patrullas de Autodefensa Civil, integrado por civiles armados por militares que fueron acusados de participar en cientos de asesinatos junto al ejército. La misión de estas patrullas la describió así el Plan Victoria 82: “aniquilar, capturar y hostigar al enemigo”.

Me regocijo en mis adentros. Por fin, después de una larga espera la dama de los ojos vendados que alza con uno de sus brazos una balanza, parece ganarse su lugar.

En una carrera voy al baño. Entre. Un tipo con cuerpo de Popeye le dice a otro más menudo: “Esas son puras babosadas. Lo que pasó en Guatemala fue que otros países que se estaban peleando y pero por no hacer guerra en su territorio fueron a otros países y les lavaron el cerebro a esta gente ignorante sobre el comunismo y tantas cosas, y al final aquí se terminaron matándose entre los mismos… ahora dicen que no hubo guerra y que la guerrilla son una santa paloma”.

Hago lo que debo hacer. Mientras me lavo las manos antes de salir del lugar, veo por el espejo al tipo corpulento que sigue hablando incoherencia y se le desborda su aire de militar, como muchos con los que comparto el oxígeno de estos pasillos por aquí.

No es ni será fácil. El proceso que hoy se abre solo es un pequeño lapso de los 36 años que duró la guerra interna, cuyos resabios siguen latentes en la sociedad.

Leo un tuit que dice “Ríos Montt llega en un carro agrícola a la Torre de Tribunales”. Otro: “Ríos Montt llega acompañado de su hija, la ex diputada Zury Ríos”. Luego otro: “José Rodríguez Sánchez llega en ambulancia”.
Hacia las 8:30 según reviso en las redes sociales, Ríos Montt y compañía ingres a la Sala de Vistas de la Corte Suprema de Justicia. A esa hora estaban convocadas las partes.

Todos los ojos están puestos sobre Guatemala. Una vez más, el país es el centro de la mirada internacional. Miles dirán que no hubo genocidio y se jactarán de que este juicio es venganza y berrinche de gente que se victimiza. Miles más estamos en espera de que por fin se marque un precedente en la historia judicial del país.

Cuando Ríos Montt llegó al poder y desarrolló los planes contrainsurgentes del Estado, con mi familia sobrevivíamos del hambre y de la desnutrición en tierras mexicanas donde no hacía mucho que llegamos tras huir de nuestra tierra con la llegada del Ejército y su plan de exterminio. Cierto no era Ríos Montt, pero es el mismo sistema del que él fue eslabón.

De nuevo hago tiempo para ver las redes sociales y encuentro que Ríos Montt intenta detener en el último momento el inicio a juicio, al despedir a sus abogados y contratar a otro llamado Francisco García Gudiel. Este presentó seis recursos de de reposición alegando que es nuevo como defensor por lo que pedía retrasar cinco días el inicio del juicio, pero la jueza Jazmín Barrios, presidenta del Tribunal Primero A de Mayor Riesgo, resolvió que no procede ya que al aceptar la diligencia sabía a lo que se comprometía.

Más tarde arguelle enemistad con la jueza presidenta y por lo mismo le pide excusarse del proceso. Patadas de ahogado como decimos comúnmente.
Oficialmente, el juicio contra Ríos Montt y José Rodríguez Sánchez comenzó a las 10 horas.

Por el radio de mi teléfono oigo lo que transmite una emisora, de vez en cuando hecho un vistazo a las redes sin descuidar mis tareas. La señal de internet no es buena para ver ninguna de las transmisiones en línea.

Veo por el vidrio. El sol ha trepado casi hasta el centro del cielo; un ventilador apacigua el calor; la bruma cubre la ciudad que parece dormir un sueño rutinario que es interrumpido solo con el reverbero de las láminas de zinc en la lejanía.

Afuera. Abajo, los autos serpentean sobre la Séptima Avenida y las avenidas y calles aledañas. Transeúntes marchan en monotonía, tramitadores que ofrecen a gritos y ruegos sus servicios no siempre con rectitud.

Adentro, las argucias de los defensores de los militares se extienden disfrazados de argumentos cual letanía de adoración a Satanás. Pero en mis adentros y en el adentro de muchos camaradas sentados adentro, en la Sala de Vistas de la Corte Suprema de Justicia, hay regocijo porque hay esperanzas de que la dama con los ojos vendados finalmente pueda llamarse dignamente Justicia.

Yo niño 1

Un día como ayer, 13 de enero, hace 20 años comenzamos el camino.

Aquel miércoles amaneció soleado, pero no era un día común. Todos en casa nos despertamos temprano. La panadería no abrió. No había pan que vender hoy.

Amanecimos vestidos. Pronto la casa se llenó de ruido y ajetreo. Mi madre y mis hermanas prepararon desayuno y comimos de prisa.

Había llegado el día. La hora. El momento. El día que ya se había postergado por más de dos ocasiones.

Desde ayer estaba casi todo listo. Todo estaba hablado. Sabíamos lo que teníamos que hacer. Desde hace dos años que estamos en esto.

Mi madre había hecho porciones de comida para cada uno. También preparó agua. Nadie sabía cuánto duraría aquello. Pero todo estaba decidido. No hay marcha atrás era la consigna.

En una esquina de la casa estaban amontonadas una gran parte de nuestras cosas. El patrimonio que habíamos hecho en los últimos 12 años: cobijas, ropa, utensilios del hogar, herramientas de trabajo. Lo más básico. La mayoría de nuestras cosas estaban vendidas o regaladas. Las habíamos juntado en costales.

Ayudaba a mi padre a terminar de guardar lo último y a taparlos con nylon. Mi madre, mis dos hermanos menores, y mis dos hermanas mayores, se adelantaron.

Mi padre me dijo que debíamos partir. Antes de salir, regresé a la cocina. Salí al patio. Eché un vistazo al largo patio en cuyo centro sobresalía el árbol que vi crecer y que durante muchos años fue el nido de loros, guacamayas y una chacha laca que tuvimos.

Atrás del árbol, nuestro horno. El mismo que junto a papá construimos con adobe de tierra blanca. Donde horneábamos los mejores panes del pueblo. Nuestro medio de ingresos.

De nuevo, me vi en el patio pedalear mi bicicleta “hero”. En otro rato, corriendo detrás de la pelota azul que me trajo mi hermana Ana de Cancún.

Se me dibujó el día que llegamos a ese lugar. Un camino rústico nos condujo en medio de la selva.

__¡Apúrate! El llamado de mi padre me hizo volver.

Cuando estaba por cerrar la puerta de la cerca, llegó corriendo Jeremías, vecino de mi misma edad y compañero de la escuela.

__¡Véndame un pan! Los niños solían llegar a la casa por un pan cuando conseguían una moneda de 100 pesos.

__Ya no vendemos pan. Ya no venderemos pan. Le dije anticipándome a mi padre. Jeremías no habría comprendido del todo que no dijo nada. Se nos quedó viendo con los ojos redondo.

__Nos vamos de Kuchumatán. Nos vamos a Guatemala. Le dije. __Hoy nos vamos a Guatemala y ya no viviremos más en México. ¡Adiós!

Mi padre cerró la puerta. Jeremías salió corriendo hacia su casa. Caminé detrás de papá pensando en él. También pensaba en mis amigos de la primaria. Aquellos con los que crecí jugando en las calles y con lo que más de alguna vez tuvimos peleas de niños.

El sol comenzaba a calentar. Serían como a las 9 horas o poco más. Caminaba detrás de mi padre.

Atrás de mí, comenzaba a quedarse el pueblo con sus calles principales en forma de ocho de tierra blanca compacta y de casas chaparras de paredes de tabla y techos de láminas de cartón.

__¡Órale Agustín! Había visto venir delante nuestro a Nazario “Chayo”. Mi amigo de infancia desde que lo conocí.

__¡Órale Chayo! Por primera vez se me hizo un nudo en la garganta. No recuerdo con qué palabras me despedí. Era mi mejor amigo. En quinto grado me enseñó a dibujar a los superhéroes a escala. Siempre tuvo mayor habilidad para dibujar.

Seguí caminando sin poder volver la vista hacia atrás. No pude ver mi mejor amigo alejarse. Habíamos tomado el último tramo del camino que nos sacaba de nuestra comunidad hasta la carretera principal. Caminaba y sentía el aire pesado.

En los últimos años, habíamos hablado constantemente en familia sobre “el retorno”. A mis 12 años, de alguna forma, había influido determinantemente en la decisión: volver a Guatemala.

De Guatemala, no conocía más allá de lo que mis padres nos contaban en las noches alrededor de la mesa, después de la cena o cuando nos juntábamos alrededor de fogón a platicar.

Nací en el parcelamiento Santa María Tzejá, Ixcán, Quiché. En ese entonces era jurisdicción de San Miguel Uspantán. Cuando la guerra interna nos alcanzó en 1982, mi familia huyó hacia la selva y tras un largo tiempo, logró cruzar hacia México.

Mi primer año de vida lo cumplí en la selva. Sobreviví de la desnutrición y otras tantas enfermedades. De eso no recuerdo nada, pero mi madre me lo contó. Ya en los campamentos de refugiados en Chiapas, fuimos reubicados hacia Quintana Roo.

Todo lo que había oído de mis padres sobre Guatemala y, particularmente, sobre Santa María Tzejá, hizo que creciera conmigo una conexión con esta tierra, que alimentaba mi deseo de volver para conocerla.

Las negociaciones para un retorno masivo a Guatemala de los refugiados en México llevaban varios años, encabezado por las Comisiones Permanentes (CCPP). En dos o tres ocasiones se pospuso la fecha de partida, tanto porque el Gobierno de Guatemala no garantizaba la seguridad de los refugiados al regresar como porque no quería aceptar el plan de retorno, que consistía en tomar la ruta Panamericana, en lugar de cruzar la frontera por Petén en uno o dos días.

En los últimos dos años, me involucré activamente en jornadas de capacitación. A mis once años recibía capacitaciones junto a personas adultas sobre Comunicación Masiva, Comunicación Popular, Comunicación Alternativa, Derechos Humanos, y hasta aprendía serigrafía.

Me sabía de memoria las canciones populares de lucha y nuestras consignas, pero el lema central rezaba “luchamos para retorna, retornamos para luchar.

La noche antes de partir, pinté un quetzal volando sobre una manta blanca que el coordinador de nuestro grupo de retorno me dio.

Se había acordado que esa noche, llegarían los autobuses a traernos a Kuchumatán. Pero no fue así. La genta interpretó eso como una medida dilatoria más y se optó por caminar.

Así, el 13 de enero de 1993, comenzó la marcha.

Caminaba siguiendo a mi padre. Casi no platicamos en el camino. Sentía el aire ensanchado en mi pecho. En parte porque dejaba atrás lo que era hasta entonces mi vida. Por otro lado, sentía una emoción casi indescriptible por lo nuevo que venía.

La genta había tomado la decisión. Si el Gobierno no garantiza el retorno, lo haremos caminando, y todo lo que pueda sucedernos era su responsabilidad. La prensa internacional seguía el acontecimiento. El retorno estaba siendo acompañado por la ONU. La decisión estaba tomada.

Caminamos un día completo. Con mi padre nos juntamos con el resto de la familia en el lugar donde llegó la caminata. La gente acordó pernoctar en el ejido Miguel Hidalgo. Todos en grupos pequeños como se había organizado tiempo atrás.

Hubo fogatas. Llegaron alimentos de los ejidos mexicanos y  de refugiados que optaron por quedarse en los campamentos.

Pasada la media noche, comenzó el bullicio de los motores. Decenas de buses pulman comenzaron a llegar y a estacionarse en el campo de futbol. Comenzaba a amanecer el 14 de enero, cuando abordamos los buses. Nos tocó el autobús número 2. Encabezaríamos la caravana.

En uno de los costados del bus, amarré mi manta. Me dieron un megáfono y entonces, grité nuestra consigna una y otra vez.

La presión había surtido efecto. El Gobierno no quiso correr el riesgo. Era solo el comienzo del viaje.

Entre nuestro campamento Kuchumatán, Maya Balam, San José Los Lirios y San Pablo La Laguna, en Quintana Roo, y los otros asentados en Campeche y Chiapas, que se unirían en el camino, en el conocido “Primer retorno masivo de refugiados”, volvimos a Guatemala 2 mil 500 personas (unos 45 mil refugiados para entonces).

El 20 de enero de 1993 cruzamos la frontera en la Mesilla, Huehuetenango. Llegamos a nuestro destino, el Polígono 14, ahora Victoria 20 de Enero, el 28 de enero del mismo año.

Pienso ahora, y no puedo creer que ya llevamos 20 años en este caminar. Las cosas no han sido fáciles, sobre todo, para mis padres y mis hermanos y hermanas. No es fácil volver al país dominado por grupos que te sacan corriendo bajo fuego y cuando decides volver, no recibes como resarcimiento, por lo menos, condiciones básicas para tener una vida digna.

Amo tanto a esta tierra, que duele ver que en 20 años hemos avanzado poco. Pero no porque nosotros no queramos.

En 20 años de caminar, renuevo mi voto por Guatemala. Por esa Guatemala que me vio nacer. La Guatemala que encontramos con los brazos abiertos y más de un pan en la mano extendida a lo largo de kilómetros y kilómetros que duró la caravana.

No debo olvidarme de los mexicanos que también nos extendieron la mano, aquel país que no se negó en recibir a mis hermanas y sus familias, que al no encontrar condiciones dignas de vivir, tuvieron que volver a buscar una vida a México.

“¡Luchamos para retornar, retornamos para luchar!”.

Tin navidad 1993

Aquel día llegué 30 minutos antes de la hora indicada en la invitación. Eran las 10 horas y en el cuarto nivel de uno de los edificios del Centro Gerencial Las Margaritas (zona 10 capitalina) no había señales de algún evento. Pregunté en la recepción de una de las empresas que tiene oficina en ese nivel y me dijeron desconocer de alguna conferencia de prensa.

Seguí por el pasillo. Las luces estaban apagadas. Todo estaba en silencio. El bullicio del tránsito apenas si penetraba los vidrios de las amplias ventanas. En el extremo del pasillo noté que había dos salones. Caigo en la cuenta que alguna vez estuve aquí en una conferencia de prensa, no recuerdo sobre qué.

Me comuniqué con mi editora.

__ Aquí no hay nada __ Le dije.

__ ¿Estás seguro que es allí?__ Me preguntó.

__ Podría confirmarme el lugar; está en el correo de la invitación__ Le respondí.

A veces pasa que por salir corriendo de la oficina, no te llevas las invitaciones o anotas mal un dato. Otras veces pasa que el día previo, cuando revisas tus posibles coberturas del día siguiente, estás aturdido después de ver la pantalla casi todo el día que no te das cuenta que el evento ya pasó o que la conferencia será dentro algunos días (me ha pasado un par de veces).

__ Centro Gerencial Las Margaritas, 4o. nivel. A las 10:30 horas__ Confirmó mi editora.

__ Pero aquí no hay movimiento. Puede que ya terminó. ¿Me regreso?__ Le consulto para evitar futuras llamadas de atención.

__ Espera un rato__ Me sugirió. __Convocaron a las 10:30 horas, puede que no han llegado aún.

Para mí no era la novedad del día. Una conferencia de prensa no es para novedades.

El CACIF (Comité Coordinador de Asociaciones Comerciales, Industriales y Financieras) y Fundesa (Fundación para el Desarrollo de Guatemala), auspiciada por empresarios “amigos” del país, lanzarían en media hora el Consejo Privado de Competitividad (CPC).

El CPC, integrado por seis representantes del sector empresarial y cinco representantes de las universidades del país como invitados, sería una especie de asesor del Gobierno en materia de una estrategia nacional de competitividad: cómo mejorar la productividad, atraer inversiones y lograr una mano de obra con competencias que requiere el mercado laboral.

Me puse a revisar las novedades en las redes sociales, mientras pasaban los 30 minutos. Tampoco había mucho.

Pasaron uno 15 minutos. Estaba parado en la puerta que da entre el pasillo de los ascensores y el que da hacia los salones. La alarma de uno de los cuatro elevadores anunciaba el arribo de pasajeros. Aparecieron dos chicas. Una llevaba con esfuerzo una caja. La sostenía a la altura de la cintura. Pasaron junto a mí. Me saludaron. Tomaron el pasillo hacia los salones.

Seguí jugando con el teléfono, mientras echaba un vistazo de reojo. Vi que acomodaban una mesa en la entrada de uno de los salones. La que llevaba la caja, comenzó a sacar de ella unas hojas y carpetas. Intuí que eran de la agencia de relaciones públicas que convocó a la conferencia.

La de la caja vino hacia donde me encontraba. Me volvió a saludar. Noté que iba a preguntarme algo, pero me le adelanté diciéndole que venía a la conferencia.

__ ¿De dónde nos visita?__ Me preguntó un poco azareada.

__ De Prensa Libre__ Le respondí casi pisándole sus palabras.

__ Mucho gusto__ Me dijo su nombre del cual no recuerdo ni una letra. __ Pase, en un momento comenzamos.

Unos minutos después comenzaron a llegar más personas. Algunas del mundo empresarial a quienes he visto en eventos públicos. Una de las señoritas los saludaba con una sonrisa poco natural. Otras tres chicas llegaron. Vienen vestidas de negro. Rostros maquillados, cabellos planchados y sonrisas no muy convincentes. Son de la misma agencia de relaciones públicas que harán de edecanes.

Acomodaban unos carteles que publicitan el próximo CPC. Me paré junto a una mesa grande que habían acomodado junto a la de registro de visitantes. Me había registrado y me dieron una carpeta. Mientras comienzan, voy a enviar por BBM un lead de mis propuestas de noticias.

En eso estaba. Lidiando con la teclados diminutos del BlackBerry.

__ ¿Sabe dónde está don Víctor?__ Una voz aguda y casi chillona me distrajo.

__ ¡No!__ Alcancé a decir sin alzar la vista.

__ Es que necesitamos ver cómo acomodamos la mesa__ La oí un poco afligida.

Levanté la mirada. Era una de las tres chicas que recién llegaron. Una niña delgada. Rubia de salón, aunque de piel dorado.

__ No sé donde está don Víctor__ Le dije cortante. Algo de cinismo debió notar en mi rostro que sin decir más dio la vuelta y se perdió entre los carteles publicitarios.

Seguí luchando con el BBM. Ahora el BB me advertía en su pantalla que no podía enviar mi mensaje, porque el servicio en ese momento no estaba disponible.

__ ¡Diablos!

Un par de camaradas llegaron. Me saludaron. Los invitaron a registrarse.

Seguí luchando con el teléfono.

__ ¡Don Víctor!__ Una voz que se asemejaba a la anterior hizo que desistiera del tercer intento de enviar el BBM.

__ ¿Perdón?

__ Es que queremos ver lo de la comida__ Me respondió. Era una chica no muy delgada. Su cabello alisado le caía puntiagudo hasta sus hombros. Me miró con su carita de niña boba.

__ No soy don Víctor, pero podría ayudarla__ Le dije sin enfadarme, aunque tratando de sacar lo más sarcástico de mi.

Como siempre les digo a mis amigos. Yo ya estoy curado de esto, pero no es para el caso.

No es que el trabajo de capitán de meseros sea de menor categoría que mi puesto de reportero-redactor. Todo y cualquier trabajo es digno. No se trata de eso.

Sucede que hoy traigo puesto mi saco de color negro. Camisa color hueso y corbata del mismo color que mi camisa con franjas negras en diagonal, y mis zapatos negros a medio lustrar.

Los meseros que atendían el evento también vienen con similar color. Proletarios como yo, compartimos ciertos rasgos como la mediana estatura, los rasgos aborígenes y el cabello rebelde apenas domado por el gel.

Yo me visto así porque es como lo quieren en mi trabajo. Formal. Presentable.

Solía usar mi cabello largo, vestir pantalón de lona y playeras, generalmente, negras. Nada del otro mundo. Pero ahora no puedo hacerlo.

Supongo que ahora, las chicas de rostros agudos, cuerpo de dieta y cabellos de salón, encuentran que el saco está en la sercha equivocada. Es decir, que si no eres el tipo canche, alto y con pisto en la bolsa, no eres digno de un saco, y si lo llevas, no pasas más allá de ser el proletario de siempre.

Tengo experiencias que confirman lo que digo.

Por ejemplo, el otro día fui a la Universidad Galileo, donde se celebraba un congreso sobre telecomunicaciones. Entrevisté a un técnico de la Superintendencia de Telecomunicaciones que me habló sobre los preparativos del país para incursionar en la era de la televisión digital… me habló sobre radiofrecuencias, espectro radioeléctrico y bandas…

Llamé a la Prensa para que llegara el piloto por mí, porque había concluido la cobertura del día. Llovía. Fui al parqueo y me paré debajo de uno de los toldos. Detrás de mi, habían algunos espacios de aparcamiento desocupados. Mientras llegaba el vehículo me puse a releer mis apuntes. Costaba trabajo desenredar los tecnicismo.

Un vehículo se estacionó en el lugar justo detrás de mí. El motor se mantuvo encendido un rato. Ese día también vestía mi saco negro.

Al cabo de un rato, una señora con los cachetes sonrojados se bajó del carro. Desde ahí me gritó.

__ ¿Puedo parquearme aquí?

Me volteé y sin perder la cordura le respondí __ Puede parquearse donde usted quiera. No es mío el parqueo, yo solo espero que vengan por mí.

No quise saber sobre su reacción y seguí con mis notas.

Así como esta, tengo casi media docena de experiencias.

No es que sea mal educado o que no pueda hacer un favor. No es que me sienta más importante que alguien más. Sucede que muchas veces se dirigen a uno velados de entrada por el prejuicio, los estereotipos y esa actitud discriminatoria.

__________

La discriminación racial, de acuerdo con la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial (1965), denota toda distinción, exclusión, restricción o preferencia con base en motivos de raza, color, linaje u origen nacional o étnico, que tenga por objeto o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio de los derechos humanos y de las libertades fundamentales en las esferas política, económica, social, cultural o pública. En Guatemala, el racismo se manifiesta a través de la discriminación racial de los indígenas (Halfon, citado por Casaús, 2010, p. 12). Esta exclusión tiene como base una serie de prejuicios que subestiman a las personas de otras culturas o de otros pueblos, y ocurre entre personas individuales y colectividades (Velásquez, citada por Casaús, 2010, p. 11). La discriminación racial también está asociada al trato desigual, diferenciado y sistemático que coloca al discriminado en una situación de desventaja económica, que no sólo restringe los ingresos económicos de las personas discriminadas sino que genera pérdidas para toda la sociedad (Romero, 2007, pp. 92-96).

Fuente: http://wikiguate.com.gt/wiki/Discriminaci%C3%B3n_racial

En casa acostumbramos a comprar la verdura para la semana los domingos y lo hacemos en el mercado principal de la zona.

La mañana de aquel sábado, por alguna razón no llevé a mi hijo a sus clases al Conservatorio Nacional de Música.

Mi esposa, como ya es costumbre todos los fines de semana, hacía la limpieza y cambiaba todo de lugar desde temprano, y yo, apenas me incorporaba para ayudarla.

Serían como las nueve horas y fracción. El sol calentaba fuerte el techo de láminas de zinc de mi casa, y eso hacía que el calor se acumulara aún más.

Recordé que el siguiente día teníamos un compromiso, entonces le dije que podría ir por la verdura, así no tendríamos por qué preocuparnos por las cosas del mercado.

__ Me parece bien__ Me respondió.

__ La verdad no tengo muchas ganas de ir, pero creo que es mejor__ Le repliqué.

__ Bueno, si no quieres, no vayas; el lunes veré como le hago__ Me contestó.

__ ¡No! Mejor voy de una vez__ Le dije.

Fui por unas bolsas de costal, tomé mi billetera y salí da casa.

El mercado queda de mi casa como a un kilómetro. Para llegar, debo cruzar todo el asentamiento cuesta arriba, a través de calles de cemento angostas que se cortan continuamente entre las casas de unas cuadras y las subsiguientes.

Es como un laberinto cuyos atajos me los sé de memoria. Tiene muchos callejones angostos, que casi siempre terminan en una puerta de lámina o una reja oxidada.

Donde vivo es parte de un asentamiento de casas informes, enanas y variopintas hacinadas que se formó en la ladera del accidentado paisaje de la periferia capitalina. Es uno más de tantos que se han formado durante años por una y tantas razones sociales y económicas.

Cuando alguien me pregunta en qué zona vivo, suelo responder en tal colonia de tal zona. Mencionar asentamiento tiene connotaciones sociales poco positivas.

Vivo aquí desde hace cuatro años. Construí tres cuartos en el segundo nivel de la casa de la familia de mi esposa. Ellos compraron el lote luego que el huracán Mitch destruyera su antigua casa en 1998. Una década después el Gobierno legalizó la propiedad.

El plan era que el dinero que entonces usaba para el alquiler del apartamento, sería ahorrado, y en cinco años, tener para enganchar un lote o una casa. Pero como suele suceder en la vida, las cosas no son como uno quisiera.

Mientras camino a paso ligero, repaso en la mente lo que debo traer del mercado. El sol pega fuerte. Las calles cuesta arriba son pronunciadas. Camino en zigzag para desafiar a la gravedad.

Tres libras de tomates, dos de papas, una de zanahorias… un quetzal de cilantro, uno de hierba buena… un apio, chiles pimientos…. dos manos de limón, dos libras de pollo… frutas… Hacía cuentas mentales, igual nunca las concluí. Llevaba en la billetera poco más de Q200.

Al tomar la calle que tiene un recodo antes de los últimos 20 metros más angostos que sirven de entrada y salida del asentamiento, escuché pasos tras mí y una conversación del que no alcancé a oír más que el murmullo mismo.

Casi automáticamente sentí ganas de enterarme de la conversación. Una sensación extraña invadió mis cuentas mentales. En su lugar, algo que no sé que es, quería hacerme pensar que había algo malo en esa conversación que ahora se hacía más clara y alcanzaba a distinguir ahora las palabras fragmentadas.

Por la conversación, supe sin ver que eran dos personas. Sus pasos se acercaban cada vez más.

__ ¡Mierda!__ Dije en mis adentros. __Solo son Q200, si eso es lo que te preocupa__ Me dijo esa sensación que me invadía. Pero, sabía que eso no era lo que me inquietaba. Hay algo más, quise contradecir al algo que me hablaba.

Todo pasaba en un instante. Sin darme cuenta, caminaba más despacio que hasta entonces.

En cuestión de segundos pasaron en mi mente muchos pensamientos. Unos tropezaban con otros. Como el chirrido que producía en la grabadora cuando se retrocedía una cinta de casete mientras la canción estaba tocando.

Recordé que justo en ese lugar, siete años atrás, me di de golpes con un tipo que intentó asaltarnos con mi esposa. Éramos novios aún e iba a dejarla a casa. No pudo lograr su cometido.

Levanté la vista para ver cuánto faltaba para el recodo. Entre el punto donde se toma la calle en la que estoy y el recodo había como 15 metros de distancia. Había avanzado unos cinco desde que oí las voces y los pasos.

Una de las puertas se abrió. Un niño como de 12 años asomó la cabeza, y como si alguien se lo dijera, vio directo hacia mí. Pero no a mí, sino a los que venía atrás. Fue un movimiento rápido. Casi inmediatamente retrocedió y cerró la puerta de metal con fuerza.

Recordé que hacía unos tres meses, un niño que vivía justo en la casa de enfrente de donde apareció este, fue baleado luego de presenciar otro crimen.

Pensaba rápido, pero mis ideas no cuajaban. Caminaba más despacio para que los de la conversación me rebasaran, lo cual no sucedía.

Tomé el callejón. Aligeré mis pasos. Levanté la vista para calcular cuánto me faltaba para la salida a la calle principal. Tuve la sensación de que la salida se cerraba con forme avanzaba. Me vi en un túnel.

__ Vos, ¡apurate! (sin acento)__ La voz de un adolescente de unos 13 años me regresó a la calle angosta. Faltaban unos diez metros. Sentía los pasos pesados y un trecho sin final.

__ ¡Apurate! Se está yendo a la parada__ Insistió.

A quién la hablaba el de enfrente no respondió. Había visto siempre al chico por ahí. Por allí hay unos teléfonos públicos de moneda. Siempre están en grupo y suelen descolgar los auriculares. Les silbaban a las chicas y siempre hablaban palabras soeces. La gente sabe que ellos son los que asaltan a transeúntes, pero nadie dice nada, por temor.

En secreto le decimos “Cara Torcida”. Entre su pandilla tendrá otro alias. Supongo que es una deformación congénita, pero tiene una parte de la boca hinchada y de ahí su apodo secreto. Parecía malhumorado siempre.

Por fin salí del túnel. Vi que un hombre trabajaba recolectando las monedas de los teléfonos.

__ A este le van a poner__ Pensé mientras cruzaba al otro lado de la calle ancha, donde se levanta un muro de unos cuatro metros de altura, para impedir el paso hacia una residencial privada.

Entonces alguien me alcanzó y me rebasó. Yo caminaba sobre la acera, pegado al muro. El que me rebasó caminaba rápido a media calle. El presentimiento de que algo malo iba a ocurrir seguí en mí.

Le calculé unos 17 años. Vestía pantalón blanco y una playera celeste. Llevaba puesto tenis blanco con negro y franjas rojas. Tendrá un metro 65 de estatura. Su cabello revuelto, mojado.

Noté que llevaba húmedo el pantalón en la parte de cintura hasta un poco arriba de los muslos. Al parecer su ropa interior estaba mojada.

Estaba a unos 15 metros delante de mí. Levanté la vista, y en la calle donde voy, que es la que pasa a un costado del mercado, y que da al bulevar principal de la zona, caminaba poca gente. Dos señoras con cuatro niños venían enfrente. Algunos carros estacionados en la orilla de la calle.

El chico sacó un celular del bolsillo delantero derecho del pantalón y se lo llevó al oído. Lo volvió a guardar casi enseguida. No hubo conversación.

Luego llevó su mano derecha hacia la cintura en la parte trasera. Su mano volvió sosteniendo algo negro.

Negro como una noche espesa. Como su pelo revuelto. Negro como el sueño.

Corrió unos cinco pasos. Iba a unos 25 metros delante de mí.

Me percaté que una mujer caminaba a pocos metros delante de él.

Recordé las palabras de “Cara Torcida”. A unos cincuenta metros de donde estaba la mujer, con solo cruzar el bulevar está la parada de buses urbanos que van al centro de la ciudad.

__ ¡Apurate! Se está yendo a la parada__ Volvió a retumbar la vos de “Cara Torcida” en mi cabeza y me volvió a sacar del túnel.

Se detuvo justo a unos dos metros detrás de ella.

Pum, pum, pum, pum…

Las señoras con los niños gritaron. Corrieron. La alarma de uno de los carros estacionados comenzó a pitar.

Seguí mi plan. Es decir, tuve tiempo para un plan por si las cosas terminaban algo así. Continuar mi marcha como si no hubiera escuchado nada, ni visto nada. Como si nada hubiera pasado.

Mi plan era una especie de droga. No tenía alternativa. No eran mis Q200. No era el señor que vaciaba monedas custodiado por un guardia.

En el fondo, me estaba maltratando a mí mismo. Me decía sos (eres) un cobarde. Sentía ganas de jalarme el pelo para salir de mi letargo.

Me sentía impotente. Supe desde siempre que no podía hacer nada. Estaba solo en esa vorágine.

Me sentía egoísta. Pensé en mi esposa, en mi hijo de seis años. En mi suegra, en mis cuñados. En mis papás que estaban a nueve horas de camino de donde estoy. Pensé que si corría, me podrían perseguir y darme alcance.

Me pregunté por qué no tenía un arma y el poder de blindarme a sus balas para enfrentarlo. Pero no lo tenía, y si lo hubiese tenido, no hubiera tenido poder de súper héroe.

Levanté un poco la vista justo cuando se oyeron las detonaciones. Vi que se aturdió, y estuvo a punto de correr hacia delante. Se retractó y regresó por donde vino. Un auto salía del parqueo del mercado en el momento que retrocedía y casi lo atropella. Con la pistola en la mano, esquivó el auto, que se detuvo en ese momento.

Las señoras tomaban a los niños de la mano y corrían. Él venía atrás de ellas. Un guardia del parqueo del mercado corrió con escopeta en mano, pero no vio que rumbo tomó.

Yo seguía caminando. Sentía el cuerpo pesado. A unos metros de mí, hay un poste de luz. Avancé calculando estar justo a la par del poste cuando él pasara junto a mí.

Cuando levanté la vista, se había reunido, y otros tantos salían corriendo del mercado. Una auto patrulla que pasaba, pasó a alta velocidad entre la gente. Calculé que el que corría ya había entrado por el túnel.

Volví la vista. En la entrada no estaba “Cara Torcida” ni compañía. Estaban con él al momento de alertar otros tres chicos cuya edad oscilaban a la de él.

El otro de la conversación también era un chico. A este le calculé unos 11 años. Lo vi en un momento en que volteé mientras cruzaba la calle.

Escaparon. Es lo de siempre, pensé.

Pasé entre la multitud que se aglomeraba en torno a un paisaje sombrío. La multitud también me parecía sombría, igual que un tipo de ave de rapiña.

Por más que no quería ver, mi vista abarcaba ese ángulo. Ella estaba boca abajo. Entre el murmullo y las conjeturas que supongo abundaban, alcancé a oir un lastimero sonido a respiración o algo parecido. Resonaron tan fuertes como la vos de “Cara Torcida”.

Era joven.

Compré la verdura. Mis palabras me salían atropelladas. Creo que hasta temblaba. Traté de no fallar en mi plan. Seguía drogado.

__ ¡Acaban de matar a un señor!__ Quería informarme la señora de la pollería. __Escuché que fueron dos hombres__ Seguía con ganas de llevarse la exclusiva. No le respondí.

Pensé tomar el bus urbano para rodear el asentamiento y entrar por el otro lado. Esta vez no sentía el peso de la bolsa de verdura. Apresuré mis pasos al pasar donde la gente no dejaba ver nada más. En mi casa, me dieron cuenta de los disparos. Yo les conté la primicia.

______

PD: Lo que leí en los diarios el siguiente día, versa distinto de lo que vi. Supe que ella tenía 19 años. Que recibió una llamada y después de eso salió de su casa. Dejó un niño de corta edad en la orfandad, cuyo padre también había sido asesinado cerca de un año atrás.

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