Un día como hoy, hace 14 años, me colgué la mochila al hombro y salí al encuentro de la vida. Siempre consideré que me había adelantado al tiempo pero que me faltaba mucho camino por recorrer. Realmente, mi caminar apenas comenzaba.

Hace 14 años, alcé el vuelo a la independencia. Me vine a la ciudad con la mirada puesta en el futuro. Con la claridad de las auroras y los ocasos guiándome.

Sin dimensionar del todo a lo que me enfrentaba. Hacía menos de una década que volvíamos con mi familia de 12 años de exilio en México. Recién comenzaba a adaptarme al ambiente y la vida en la aldea que me vio nacer, Santa María Tzejá, y ahora tocaba dar un giro de 180 grados, viniendo a la ciudad capital de Guatemala. Ciertamente, dos años antes recién salía de un internado donde me gradué de maestro, pero nunca salí a enfrentarme a las calles como ahora me tocaba.

Durante un buen tiempo, encontrar un trabajo para sostenerme a mí y mis estudios fue tan difícil que estuve a punto a regresar. Caminé de un extremo a otro, todas las avenidas y calzadas más importantes de la ciudad, tocando en las puertas donde mi instinto me decía que podía haber una oportunidad para mí. Muchas veces sin nada en el estómago más que caramelos para engañar el hambre.

Siempre estaré agradecido con todas las personas que en todo ese lapso me tendieron la mano. Mis paisanos que estudiaban en la universidad y alquilaban en grupo me dieron donde vivir, me dieron de comer y me alentaron a no desfallecer. Mis padres, no me abandonaron y recibí mucho más de ellos.

Tenía mi pase asegurado para ingresar a la Escuela de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de San Carlos de Guatemala, pero cada vez veía más cerca el peligro de perder la oportunidad.

Cuando ya casi me daba por vencido y solo seguía sosteniéndome con mis últimas energías, se me abrió una puerta, en 14 años, he tenido la fortuna lograr ir abriendo una puerta tras otra, sin quitar los ojos en el horizonte.

Puede que sea mi determinación lo que me ha conducido hasta acá, pero egoísta sería no reconocer el rol de mis padres. Agradezco, sobre todo, por enseñarme el valor del trabajo y la importancia de la educación (formación académica).

Tampoco sería posible sin mis faros actuales: Cata Martín, mi esposa, y mis hijos Omar y Matías. Sigo teniendo la luz de mis padres y hermanos, así como la de personas cercanas a mi nueva familia.

Papá Polín, gracias por el regalo que me dices hace 14 años, justo antes de tomar la vereda que me condujo desde la casa hasta la carretera grande: “Tú sabes que no tengo dinero para regalarte y que será muy difícil ayudarte económicamente en tus estudios, pero tengo un regalo para ti, LA LIBERTAD”.

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