Mientras Guatemala libra su propia batalla por sembrar en tierra fértil la semilla del cambio de conciencia social y la transformación del sistema político, en Medio Oriente miles de personas buscan en el éxodo una escapatoria al terror de una guerra inhumana.

Basta con ver las imágenes que nos llegan principalmente por Internet para comprender la dimensión del dolor que viven los desplazados en un intento por buscar refugio en los países europeos más próximos. No basta con verse expulsados de sus hogares y de su país, sino encima soportar los embates de la huida que ya ha acabado con la vida de miles y que al final del viacrucis toparse con el portazo de las fronteras.

No puedo imaginar todo el dolor que pasan, pero pienso en cuánto soportaron mis padres y hermanas mayores en la huida cuando, en febrero de 1981, la guerra civil nos alcanzó. No alcanzo a imaginar lo que mi madre tuvo que pasar para evitar mi muerte inminente.

A mi corta edad no recuerdo el dolor del desplazamiento, el miedo de la huida y el terror de estar sin hogar. Pero 12 años de exilio y refugio no son cosa de un borrón y cuenta nueva. Tengo conciencia plena de por lo menos 7 de esos 12 años y de los subsiguientes inmediatos al retorno a Guatemala. Porque el regreso tampoco estaba pintado de condiciones de vida digna. Hambruna, desprecios, re-adaptación y carencias básicas son una prolongación del calvario.

No digo que no haya nada positivo en esto. De hecho, mi madurez y conciencia social e individual provienen de ese pasado oscuro. De esa gana de resurgir y vencer la maldad.

La imagen del pequeño Aylan tendido boca abajo sobre la arena con las lenguas de la muerte besando su rostro me tiene el corazón estrujado. El mismo día que vi la imagen, mi esposa me envió una foto de la siesta de nuestro Matías. Me sentí impotente y hasta el mas diminuto ser de este universo. Yo sabía que después del trabajo podré cargarlo y hablarle mientras que del otro lado un padre que intentaba darles una mejor vida o aunque sea una distinta a la de la guerra se había quedado si el mayor tesoro.

Pienso en mi madre Olivia y no me alcanzan las palabras para agradecer su sacrificio por mantenerme a mis hermanas, hermanos que nacieron después y a mí, con vida. Por su puesto que papá Polín no tiene menos crédito en toda esta supervivencia.

En la década del 80, México nos acogió a más de 46 mil guatemaltecos desplazados por la guerra. De esa muestra humanitaria siempre estaré agradecido. Hoy me pregunté, ¿acaso como Guatemala no podríamos recibir refugiados?

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