20 años de caminar…

Yo niño 1

Un día como ayer, 13 de enero, hace 20 años comenzamos el camino.

Aquel miércoles amaneció soleado, pero no era un día común. Todos en casa nos despertamos temprano. La panadería no abrió. No había pan que vender hoy.

Amanecimos vestidos. Pronto la casa se llenó de ruido y ajetreo. Mi madre y mis hermanas prepararon desayuno y comimos de prisa.

Había llegado el día. La hora. El momento. El día que ya se había postergado por más de dos ocasiones.

Desde ayer estaba casi todo listo. Todo estaba hablado. Sabíamos lo que teníamos que hacer. Desde hace dos años que estamos en esto.

Mi madre había hecho porciones de comida para cada uno. También preparó agua. Nadie sabía cuánto duraría aquello. Pero todo estaba decidido. No hay marcha atrás era la consigna.

En una esquina de la casa estaban amontonadas una gran parte de nuestras cosas. El patrimonio que habíamos hecho en los últimos 12 años: cobijas, ropa, utensilios del hogar, herramientas de trabajo. Lo más básico. La mayoría de nuestras cosas estaban vendidas o regaladas. Las habíamos juntado en costales.

Ayudaba a mi padre a terminar de guardar lo último y a taparlos con nylon. Mi madre, mis dos hermanos menores, y mis dos hermanas mayores, se adelantaron.

Mi padre me dijo que debíamos partir. Antes de salir, regresé a la cocina. Salí al patio. Eché un vistazo al largo patio en cuyo centro sobresalía el árbol que vi crecer y que durante muchos años fue el nido de loros, guacamayas y una chacha laca que tuvimos.

Atrás del árbol, nuestro horno. El mismo que junto a papá construimos con adobe de tierra blanca. Donde horneábamos los mejores panes del pueblo. Nuestro medio de ingresos.

De nuevo, me vi en el patio pedalear mi bicicleta “hero”. En otro rato, corriendo detrás de la pelota azul que me trajo mi hermana Ana de Cancún.

Se me dibujó el día que llegamos a ese lugar. Un camino rústico nos condujo en medio de la selva.

__¡Apúrate! El llamado de mi padre me hizo volver.

Cuando estaba por cerrar la puerta de la cerca, llegó corriendo Jeremías, vecino de mi misma edad y compañero de la escuela.

__¡Véndame un pan! Los niños solían llegar a la casa por un pan cuando conseguían una moneda de 100 pesos.

__Ya no vendemos pan. Ya no venderemos pan. Le dije anticipándome a mi padre. Jeremías no habría comprendido del todo que no dijo nada. Se nos quedó viendo con los ojos redondo.

__Nos vamos de Kuchumatán. Nos vamos a Guatemala. Le dije. __Hoy nos vamos a Guatemala y ya no viviremos más en México. ¡Adiós!

Mi padre cerró la puerta. Jeremías salió corriendo hacia su casa. Caminé detrás de papá pensando en él. También pensaba en mis amigos de la primaria. Aquellos con los que crecí jugando en las calles y con lo que más de alguna vez tuvimos peleas de niños.

El sol comenzaba a calentar. Serían como a las 9 horas o poco más. Caminaba detrás de mi padre.

Atrás de mí, comenzaba a quedarse el pueblo con sus calles principales en forma de ocho de tierra blanca compacta y de casas chaparras de paredes de tabla y techos de láminas de cartón.

__¡Órale Agustín! Había visto venir delante nuestro a Nazario “Chayo”. Mi amigo de infancia desde que lo conocí.

__¡Órale Chayo! Por primera vez se me hizo un nudo en la garganta. No recuerdo con qué palabras me despedí. Era mi mejor amigo. En quinto grado me enseñó a dibujar a los superhéroes a escala. Siempre tuvo mayor habilidad para dibujar.

Seguí caminando sin poder volver la vista hacia atrás. No pude ver mi mejor amigo alejarse. Habíamos tomado el último tramo del camino que nos sacaba de nuestra comunidad hasta la carretera principal. Caminaba y sentía el aire pesado.

En los últimos años, habíamos hablado constantemente en familia sobre “el retorno”. A mis 12 años, de alguna forma, había influido determinantemente en la decisión: volver a Guatemala.

De Guatemala, no conocía más allá de lo que mis padres nos contaban en las noches alrededor de la mesa, después de la cena o cuando nos juntábamos alrededor de fogón a platicar.

Nací en el parcelamiento Santa María Tzejá, Ixcán, Quiché. En ese entonces era jurisdicción de San Miguel Uspantán. Cuando la guerra interna nos alcanzó en 1982, mi familia huyó hacia la selva y tras un largo tiempo, logró cruzar hacia México.

Mi primer año de vida lo cumplí en la selva. Sobreviví de la desnutrición y otras tantas enfermedades. De eso no recuerdo nada, pero mi madre me lo contó. Ya en los campamentos de refugiados en Chiapas, fuimos reubicados hacia Quintana Roo.

Todo lo que había oído de mis padres sobre Guatemala y, particularmente, sobre Santa María Tzejá, hizo que creciera conmigo una conexión con esta tierra, que alimentaba mi deseo de volver para conocerla.

Las negociaciones para un retorno masivo a Guatemala de los refugiados en México llevaban varios años, encabezado por las Comisiones Permanentes (CCPP). En dos o tres ocasiones se pospuso la fecha de partida, tanto porque el Gobierno de Guatemala no garantizaba la seguridad de los refugiados al regresar como porque no quería aceptar el plan de retorno, que consistía en tomar la ruta Panamericana, en lugar de cruzar la frontera por Petén en uno o dos días.

En los últimos dos años, me involucré activamente en jornadas de capacitación. A mis once años recibía capacitaciones junto a personas adultas sobre Comunicación Masiva, Comunicación Popular, Comunicación Alternativa, Derechos Humanos, y hasta aprendía serigrafía.

Me sabía de memoria las canciones populares de lucha y nuestras consignas, pero el lema central rezaba “luchamos para retorna, retornamos para luchar.

La noche antes de partir, pinté un quetzal volando sobre una manta blanca que el coordinador de nuestro grupo de retorno me dio.

Se había acordado que esa noche, llegarían los autobuses a traernos a Kuchumatán. Pero no fue así. La genta interpretó eso como una medida dilatoria más y se optó por caminar.

Así, el 13 de enero de 1993, comenzó la marcha.

Caminaba siguiendo a mi padre. Casi no platicamos en el camino. Sentía el aire ensanchado en mi pecho. En parte porque dejaba atrás lo que era hasta entonces mi vida. Por otro lado, sentía una emoción casi indescriptible por lo nuevo que venía.

La genta había tomado la decisión. Si el Gobierno no garantiza el retorno, lo haremos caminando, y todo lo que pueda sucedernos era su responsabilidad. La prensa internacional seguía el acontecimiento. El retorno estaba siendo acompañado por la ONU. La decisión estaba tomada.

Caminamos un día completo. Con mi padre nos juntamos con el resto de la familia en el lugar donde llegó la caminata. La gente acordó pernoctar en el ejido Miguel Hidalgo. Todos en grupos pequeños como se había organizado tiempo atrás.

Hubo fogatas. Llegaron alimentos de los ejidos mexicanos y  de refugiados que optaron por quedarse en los campamentos.

Pasada la media noche, comenzó el bullicio de los motores. Decenas de buses pulman comenzaron a llegar y a estacionarse en el campo de futbol. Comenzaba a amanecer el 14 de enero, cuando abordamos los buses. Nos tocó el autobús número 2. Encabezaríamos la caravana.

En uno de los costados del bus, amarré mi manta. Me dieron un megáfono y entonces, grité nuestra consigna una y otra vez.

La presión había surtido efecto. El Gobierno no quiso correr el riesgo. Era solo el comienzo del viaje.

Entre nuestro campamento Kuchumatán, Maya Balam, San José Los Lirios y San Pablo La Laguna, en Quintana Roo, y los otros asentados en Campeche y Chiapas, que se unirían en el camino, en el conocido “Primer retorno masivo de refugiados”, volvimos a Guatemala 2 mil 500 personas (unos 45 mil refugiados para entonces).

El 20 de enero de 1993 cruzamos la frontera en la Mesilla, Huehuetenango. Llegamos a nuestro destino, el Polígono 14, ahora Victoria 20 de Enero, el 28 de enero del mismo año.

Pienso ahora, y no puedo creer que ya llevamos 20 años en este caminar. Las cosas no han sido fáciles, sobre todo, para mis padres y mis hermanos y hermanas. No es fácil volver al país dominado por grupos que te sacan corriendo bajo fuego y cuando decides volver, no recibes como resarcimiento, por lo menos, condiciones básicas para tener una vida digna.

Amo tanto a esta tierra, que duele ver que en 20 años hemos avanzado poco. Pero no porque nosotros no queramos.

En 20 años de caminar, renuevo mi voto por Guatemala. Por esa Guatemala que me vio nacer. La Guatemala que encontramos con los brazos abiertos y más de un pan en la mano extendida a lo largo de kilómetros y kilómetros que duró la caravana.

No debo olvidarme de los mexicanos que también nos extendieron la mano, aquel país que no se negó en recibir a mis hermanas y sus familias, que al no encontrar condiciones dignas de vivir, tuvieron que volver a buscar una vida a México.

“¡Luchamos para retornar, retornamos para luchar!”.

Tin navidad 1993

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7 comentarios en “20 años de caminar…

  1. Excelente manera de recordar el ayer y retomar la lucha desde las actuales trincheras.
    Desafortunadamente, como usted lo ha dicho, persisten las desigualdades y la exclusión hacia el pueblo maya y por eso muchos optan por el destierro para buscar mejores condiciones de vida y vivir dignamente. Pero ha tenido sus sacrificios como la desestructuración de las familias, de la sociedad, el desarraigo y bueno el riesgo de perder varios elementos de la identidad…A seguir adelante Agustín, no cabe duda que ha dado pasos importantes en su vida y en pro de esa lucha por una vida digna y un mundo mejor…

  2. Es un relato duro y lleno de humanidad, querido Agustín. Y no es porque se me haya hecho un nudo en la garganta, sino porque cuán poco valoramos el sufrimiento. Usted ha sabido sacarle lecciones a la vida.
    Lamentablemente, todavía falta mucho por lograr una patria realmente digna. Un abrazo.

  3. Adelante en la lucha diaria por sobrevivir. Haz llegado lejos y aún ten´s mucho que dar. Estos testimonios no deben quedar en el olvido y que mejor que un comunicador como vos tome la bandera. Felicitaciones, muy buena redacción. Adelante compañero.

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